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¡Ni una más!

César Cansino

Tuvieron que pasar 10 largos años de asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, para que un gobierno de la República volteara la vista hacia la ciudad fronteriza y empezara a actuar en consecuencia para investigar los crímenes y fincar responsabilidades.

Tuvieron que morir asesinadas más de 300 mujeres con lujo de violencia, y ser desaparecidas otras 500, para que la autoridad federal finalmente asumiera alguna responsabilidad en la materia. Tuvieron que alzarse miles de voces en lucha contra la impunidad y la injusticia que se vive en la entidad para que un Presidente en funciones reconociera públicamente en un Informe presidencial la magnitud de la tragedia; tuvieron que crearse decenas de redes de solidaridad internacionales que divulgaran en el mundo el feminicidio en Ciudad Juárez para que las autoridades comenzaran a hacer algo. Tuvieron que escribirse decenas de libros y revistas, realizarse decenas de documentales, montarse decenas de obras teatrales sobre los crímenes en Ciudad Juárez para que un gobierno abriera los ojos. Tuvieron que desfilar por el país prácticamente todas las organizaciones internacionales de derechos humanos, con sendas denuncias de los asesinatos misóginos en la frontera, para que se comenzara a actuar. 

Es en este contexto de silencios e inacciones acumulados por parte de las autoridades, de demagogias y negligencias, de ineptitudes e impunidades, que debemos ubicar la reciente designación como comisionada para prevenir y sancionar la violencia contra las mujeres en Ciudad Juárez, de Guadalupe Morfín Otero. Un nombramiento que, por la trayectoria de compromiso con los derechos humanos de la nueva funcionaria, constituye sin duda una señal alentadora para avanzar en las investigaciones de los crímenes y para que se comience a hacer justicia en la entidad fronteriza. Con todo, por tratarse de un asunto tan delicado y turbio, por existir tantos intereses en juego, porque seguramente muchos poderosos están involucrados en los asesinatos, por haber tantos funcionarios, autoridades y policías locales involucrados con los crímenes, ya sea por acción o por omisión, en suma porque investigar seriamente los feminicidios en Ciudad Juárez implica abrir una cloaca de contubernios políticos y económicos, de corrupción y negligencia, de impunidad y obscuridades legales, de psicópatas y traficantes, etcétera, es legítima la duda sobre las posibilidades reales de la nueva instancia gubernamental como del verdadero interés del gobierno federal para resolver la problemática.   

Lo más cómodo es dar un voto de confianza hacia la labor de la nueva comisión y a su encargada, y a las buenas intenciones del gobierno de la República. Pero si muchos desconfían todavía es por culpa de las propias autoridades, por su pobre actuación hasta ahora. Si la decisión del Ejecutivo es simplemente política, es decir, una decisión para aparentar voluntad de actuar con energía en un contexto de creciente clamor por justicia, tanto nacional como internacional, una decisión para ganar tiempo ante el malestar de la sociedad por tanta ignominia, muy pronto la simulación quedará al descubierto y se abonará al despeñadero de descrédito y deslegitimación que ya de por sí acusa el gobierno federal.

Por eso hay que estar alerta. El caso de las muertas de Juárez es un asunto muy delicado para cualquier gobierno, es como una papa caliente que nadie quiere sostener. En todo caso, habrá que reconocer que las nuevas acciones del gobierno federal en el caso de Juárez no nacen de la voluntad y el compromiso de las autoridades sino, como en muchos otros asuntos, de la movilización social y la acción organizada que durante años ha sostenido la bandera de la denuncia y el reclamo por justicia.

Un ejemplo reciente de esta lucha social lo constituye la aparición del número fuera de serie de la revista Metapolítica,  dedicado a las “Las muertas de Juárez”, y en la que participaron más de 80 colaboradores, bajo la coordinación de Sergio González Rodríguez.


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