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El
pensamiento de María Zambrano está más vivo que nunca. Su legado
intelectual resplandece si se contrasta con la filosofía
académica dominante en el mundo, pero sobre todo con la pobre
escolástica filosófica que se práctica por doquier en
Hispanoamérica. Respecto del racionalismo idealista alemán, cuya
influencia permanece incontrastada en el mundo académico, María,
la filósofa de la razón poética, encontró una vía alterna, la
cual merodeó con pasión y esperanza hasta el final. Si la
filosofía es amor por el conocimiento, entonces es vida, es
experiencia vivida. ¿Y dónde está la experiencia si no en la
historia de los pueblos, en las circunstancias concretas de
hombres y mujeres de carne y hueso, en la sabiduría popular, en
las congojas del día a día, en los cantos y cuentos, en el arte
y la literatura, en la poesía? La filosofía no puede caminar a
espaldas de la vida. Si en el idealismo la filosofía y la vida
no se tocan, caminan sendas perpendiculares, para la razón
poética de María Zambrano van de la mano, una no se explica sin
la otra. La razón sin vida es puro idealismo, pura metafísica,
pedantería académica.
Al
pensar así, de la mano de su maestro Ortega y Gasset, María
reivindicaba su propia circunstancia española, la legitimaba, la
enaltecía. Y de esta manera nos mostraba la fuerza de una
tradición de pensamiento, largamente subestimada en
Hispanoamérica por los pobres de espíritu, por los acomplejados
y mediocres, por los extranjeros de su propia cultura, su propia
lengua, incapaces de reconocerse a sí mismos en su tiempo y su
trama. Que haya una cultura hispanoamericana de hondas raíces,
una tradición de pensamiento en español, una forma particular de
ver y sentir las cosas, una manera peculiar de estar en el
mundo, María nunca lo dudó. Entendió como pocos la conexión
entre Miguel de Cervantes y Sor Juana, entre Unamuno y Ortega,
entre Alfonso Reyes y Lezama Lima: un humanismo escéptico pero
vital, un pensamiento próximo al hombre. Si han de buscarse
soluciones a los problemas últimos del hombre y la vida, la
razón pura entorpece la búsqueda. Habrá que mirar mejor a la
literatura, la mística y la poesía. Quizá por eso, el ensayo ha
sido en nuestra tradición el género literario por excelencia,
pues preferimos la meditación al tratado, la duda a la verdad,
un saber oscilante entre la razón y la vida.
La
obra de María Zambrano es un fresco inconcluso, un saber
heredado que no rompe amarras con la vida ni con nuestros
ancestros, sino que permanece atento a la voz del ser que nos
dicta la verdad desde los ínferos del alma, como a ella le
gustaba decir. Desde su primer libro, Nuevo liberalismo
(1930), expuso su convicción acerca de la crisis de nuestro
tiempo, lo que plantea un cambio radical en el pensamiento de
Occidente. En Pensamiento y poesía en la vida española
(1939), y Filosofía y poesía (1939) reflexionó sobre el
fracaso que significó para Occidente la escisión entre filosofía
y poesía, “llamadas a reconciliarse en un mundo nuevo de vida y
conocimiento”. En una de sus obras más bellas, El hombre y lo
divino (1955), elabora un magistral análisis
histórico-fenomenológico de las diferentes manifestaciones de lo
sagrado en la cultura de Occidente. En Claros del bosque
(1977) y De la Aurora (1986), prosigue la filósofa su
búsqueda por el sentido múltiple y al mismo tiempo único de la
palabra, sus raíces ocultas que velan y desvelan un misterio
profundo. “El problema de España” y la crisis de Europa cruzan
como temas inquietantes buena parte de la obra zambraniana, pero
brilla sobre todo en Los intelectuales en el drama de España
(1937), La agonía de Europa (1945), España, sueño y
verdad (1965). En su libro Persona y democracia
(1958), una obra imprescindible para pensar la libertad
vinculada a la democracia en Hispanoamérica, la filósofa
sostiene: “La gran novedad del orden democrático es que ha de
ser creado entre todos. El orden de algo que está en movimiento
no se hace presente si no entramos en él”. En sus últimos
trabajos, dada la cortedad de la filosofía académica dominante,
María Zambrano volvió con nuevos y ricos argumentos sobre sus
convicciones tempranas. Tal es el caso de Delirio y destino
(1989), Los sueños y el tiempo (1992) y Las palabras
de regreso (1995).
María Zambrano nos mostró un camino. Su pensamiento prefigura la
conciencia de un sentir y un pensar enraizado en nuestra
tradición al tiempo que discute las inquietudes de su época.
Como pensadora en su circunstancia española, se comprometió con
sus convicciones y vivó el exilio, y desde su orilla reflexionó
con erudición sobre el mundo en crisis que le tocó vivir. La
belleza fue su estilo, la meditación, su poética, el ensayo, su
expresión literaria. Si la filosofía depende de la mirada del
filósofo, entonces el logro del filósofo depende de la claridad
de su mirada y de la perfección de la palabra que describe eso
que ve. En ambos casos se trata de una labor poética. Aquí, la
propia María Zambrano se halló como pocas.
Por
todo ello, María está entre nosotros, a pesar de esa academia
miope, atrapada en el idealismo y la escolástica eurocentrista,
a pesar de la “razón pura” impuesta hegemónicamente en el ámbito
filosófico en todas partes, a pesar de las élites intelectuales
hispanoamericanas acomplejadas de su propia lengua y cultura.
María Zambrano nació el 22 de abril de 1904. El presente año es
su centenario. Murió en 1991, pero cada día escribe mejor. |