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María Zambrano entre nosotros

CÉSAR CANSINO

Hace años, en la guerra, sentí que no eran “nuevos principios” ni una “Reforma de la Razón” como Ortega había postulado en sus últimos cursos, lo que ha de salvarnos, sino algo que sea razón pero más ancho, algo que se deslice también por los interiores, como una gota de aceite que apacigua y suaviza, una gota de felicidad. Razón poética… es lo que he venido buscando. Y ella no es como la otra, tiene, ha de tener muchas formas, será la misma en géneros diferentes

María Zambrano

El pensamiento de María Zambrano está más vivo que nunca. Su legado intelectual resplandece si se contrasta con la filosofía académica dominante en el mundo, pero sobre todo con la pobre escolástica filosófica que se práctica por doquier en Hispanoamérica. Respecto del racionalismo idealista alemán, cuya influencia permanece incontrastada en el mundo académico, María, la filósofa de la razón poética, encontró una vía alterna, la cual merodeó con pasión y esperanza hasta el final. Si la filosofía es amor por el conocimiento, entonces es vida, es experiencia vivida. ¿Y dónde está la experiencia si no en la historia de los pueblos, en las circunstancias concretas de hombres y mujeres de carne y hueso, en la sabiduría popular, en las congojas del día a día, en los cantos y cuentos, en el arte y la literatura, en la poesía? La filosofía no puede caminar a espaldas de la vida. Si en el idealismo la filosofía y la vida no se tocan, caminan sendas perpendiculares, para la razón poética de María Zambrano van de la mano, una no se explica sin la otra. La razón sin vida es puro idealismo, pura metafísica, pedantería académica. 

Al pensar así, de la mano de su maestro Ortega y Gasset, María reivindicaba su propia circunstancia española, la legitimaba, la enaltecía. Y de esta manera nos mostraba la fuerza de una tradición de pensamiento, largamente subestimada en Hispanoamérica por los pobres de espíritu, por los acomplejados y mediocres, por los extranjeros de su propia cultura, su propia lengua, incapaces de reconocerse a sí mismos en su tiempo y su trama. Que haya una cultura hispanoamericana de hondas raíces, una tradición de pensamiento en español, una forma particular de ver y sentir las cosas, una manera peculiar de estar en el mundo, María nunca lo dudó. Entendió como pocos la conexión entre Miguel de Cervantes y Sor Juana, entre Unamuno y Ortega, entre Alfonso Reyes y Lezama Lima: un humanismo escéptico pero vital, un pensamiento próximo al hombre. Si han de buscarse soluciones a los problemas últimos del hombre y la vida, la razón pura entorpece la búsqueda. Habrá que mirar mejor a la literatura, la mística y la poesía. Quizá por eso, el ensayo ha sido en nuestra tradición el género literario por excelencia, pues preferimos la meditación al tratado, la duda a la verdad, un saber oscilante entre la razón y la vida. 

La obra de María Zambrano es un fresco inconcluso, un saber heredado que no rompe amarras con la vida ni con nuestros ancestros, sino que permanece atento a la voz del ser que nos dicta la verdad desde los ínferos del alma, como a ella le gustaba decir. Desde su primer libro, Nuevo liberalismo (1930), expuso su convicción acerca de la crisis de nuestro tiempo, lo que plantea un cambio radical en el pensamiento de Occidente. En Pensamiento y poesía en la vida española (1939), y Filosofía y poesía (1939) reflexionó sobre el fracaso que significó para Occidente la escisión entre filosofía y poesía, “llamadas a reconciliarse en un mundo nuevo de vida y conocimiento”. En una de sus obras más bellas, El hombre y lo divino (1955), elabora un magistral análisis histórico-fenomenológico de las diferentes manifestaciones de lo sagrado en la cultura de Occidente. En Claros del bosque (1977) y De la Aurora (1986), prosigue la filósofa su búsqueda por el sentido múltiple y al mismo tiempo único de la palabra, sus raíces ocultas que velan y desvelan un misterio profundo. “El problema de España” y la crisis de Europa cruzan como temas inquietantes buena parte de la obra zambraniana, pero brilla sobre todo en Los intelectuales en el drama de España (1937), La agonía de Europa (1945), España, sueño y verdad (1965). En su libro Persona y democracia (1958), una obra imprescindible para pensar la libertad vinculada a la democracia en Hispanoamérica, la filósofa sostiene: “La gran novedad del orden democrático es que ha de ser creado entre todos. El orden de algo que está en movimiento no se hace presente si no entramos en él”. En sus últimos trabajos, dada la cortedad de la filosofía académica dominante, María Zambrano volvió con nuevos y ricos argumentos sobre sus convicciones tempranas. Tal es el caso de Delirio y destino (1989), Los sueños y el tiempo (1992) y Las palabras de regreso (1995).  

María Zambrano nos mostró un camino. Su pensamiento prefigura la conciencia de un sentir y un pensar enraizado en nuestra tradición al tiempo que discute las inquietudes de su época. Como pensadora en su circunstancia española, se comprometió con sus convicciones y vivó el exilio, y desde su orilla reflexionó con erudición sobre el mundo en crisis que le tocó vivir. La belleza fue su estilo, la meditación, su poética, el ensayo, su expresión literaria. Si la filosofía depende de la mirada del filósofo, entonces el logro del filósofo depende de la claridad de su mirada y de la perfección de la palabra que describe eso que ve. En ambos casos se trata de una labor poética. Aquí, la propia María Zambrano se halló como pocas. 

Por todo ello, María está entre nosotros, a pesar de esa academia miope, atrapada en el idealismo y la escolástica eurocentrista, a pesar de la “razón pura” impuesta hegemónicamente en el ámbito filosófico en todas partes, a pesar de las élites intelectuales hispanoamericanas acomplejadas de su propia lengua y cultura. María Zambrano nació el 22 de abril de 1904. El presente año es su centenario. Murió en 1991, pero cada día escribe mejor.