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Filosofía incómoda donde las haya, al estoicismo no cabe la
adhesión simplemente doctrinal, es decir la académicamente
filosófica que pueda derivarse de la costumbre, el gusto o,
incluso, de las convicciones. Aquel pensamiento que se decía
viril y que tomó al soldado por modelo —un soldado peculiar, es
cierto, porque dispone de la sola arma de la resistencia—, pone
a la militancia en sus filas una sola exigencia, pero
definitiva, la dignidad humana en circunstancias extremas. En
palabras de María Zambrano: “Una doctrina que pedía la adhesión
de todo hombre digno”. |
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La dignidad impone una idea de la vida propia como medida en
una circunstancia extrema, y para ello se nos quita eso de
recurrir a las opiniones vigentes (algo que habríamos de
llamar más bien “honor”).
Y en la circunstancia en la que María Zambrano se dice
estoica, “esa dignidad es la que hace que la vida no sea
aniquilada por la hueca desolación de la barbarie. Esa
dignidad es la vida.”
Y precisamente por esa exigencia terminante de
dignidad tampoco es el estoicismo algo que, en rigor, se
escoja. Más bien se impone, y con la misma necesidad vital que
nos hace ver que hay algo que no podemos hacer o dejar de
hacer. De nuevo nuestra pensadora, en carta a uno de sus
amigos más entrañables, el filósofo Rafael Dieste, declara:
Dudo ser cristiana. El cristianismo es
¾no
sé si originariamente¾
mucho de soberbia; quizá el mundo moderno ha vertido su
soberbia en el cristianismo originario. No he decidido no ser
cristiana, sino que dudo seriamente de serlo. Nunca hubiera
creído ser estoica, y sin embargo ¡quién sabe! Lo esencial es
esto: la limitación de la persona, la esencialidad de la
muerte, de la cual arranca la objetividad del estoicismo.
Claro que el estoico es un suicida, pero tal vez la
objetividad arranque de un suicidio, de uno, de un suicidio
por amor, ceder uno su propia existencia para que otra cosa
sea y exista. El cristianismo no, no se suicida jamás.
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