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María Zambrano a la luz de La Habana

FRANCISCO JAVIER DOSIL MANCILLA

 

Las estancias de María Zambrano en Cuba no estuvieron, en absoluto, libres de dificultades y angustias. Pero en el drama de su exilio, la isla le brindó un cálido refugio y una luz que la pensadora evocó en muchos de sus escritos y que la alumbró en el tránsito hacia la madurez de su filosofía.

En ocasiones se ha señalado la importancia que han tenido en el pensamiento de María Zambrano los lugares, refiriéndose sobre todo a Roma, París o la Pièce, donde es cierto que pasó buena parte de su vida, se relacionó con algunos de los principales intelectuales de su tiempo y escribió muchos de sus libros y artículos. Pero poco sabemos de sus estancias caribeñas, en particular Cuba y Puerto Rico, a pesar de que una primera aproximación parece indicar que fueron escenarios esenciales en el desarrollo de su filosofía. Siendo Cuba el caso que nos ocupa, debemos decir que textos suyos tan notables como El hombre y lo divino, Delirio y destino o La tumba de Antígona, entre otros, fueron concebidos o escritos en La Habana, íntegramente o en parte, y avances de los mismos vieron por primera vez la luz en revistas cubanas.  

La isla supuso para María Zambrano una tranquila atalaya desde la que contemplar el mundo en un período de terribles convulsiones; significó también la amistad con muchos poetas e intelectuales cubanos y extranjeros, como Manuel Altolaguirre, Concha Méndez, Gustavo Pittaluga, Bernardo Clariana, Ángel Lázaro Machado, Julián Orbón, Fernando Ortiz, Jose María Chacón y Calvo, Rosario Rexach, Josefina Tarafa, Lydia Cabrera, Jorge Mañach, Mariano Brull... y, por encima de todos, José Lezama Lima, a quien asignó el singular calificativo de “hombre verdadero”; y fue también un crisol de emociones que dan sentido a términos tan comunes en su lenguaje como luz, amor, insularidad o piedad. Constituyó, en definitiva, un “centro”, como diría mucho después, cargado de un poderoso magnetismo que la empujaría a regresar una y otra vez.

 

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