De las tres revoluciones mayores que empezaron en
las últimas décadas del siglo dieciocho —la
estadounidense, la francesa, y la haitiana— solo
la tercera forzó la aplicación incondicional del
principio que las inspiró a todas: la afirmación
de los derechos naturales e inajenables de todos
los seres humanos. La declaración de la libertad
humana fue universalmente consistente únicamente
en Haití. Sólo en Haití se mantuvo esta
declaración a todo costo, en oposición
directa al orden social y a la lógica economista
del día. Las consecuencias de esta declaración —el
fin de la esclavitud, el colonialismo, y la
desigualdad racial— fueron sostenidas, en términos
que directamente incluían al mundo entero,
únicamente en Haití. Y de estas tres revoluciones,
la de Haití es la que tiene más que enseñarles a
todos los que buscan sostener estas consecuencias
en el mundo de hoy.
Aparte del impacto extraordinario de este
espectáculo histórico, ¿por qué debiera alguien
con un interés en la política radical interesarse
hoy por los pasos de la independencia haitiana?
Haití es descrito invariablemente como el “país
más pobre del hemisferio occidental”. Es
usualmente caracterizado como una lección de
desarrollo económico fracasado y una
“modernización” inacabada, como destituido de los
beneficios asociados a la democracia
representativa, la sociedad civil moderna y una
inversión extranjera estable; casi con la misma
regularidad, también es presentado y vinculado
explícitamente al racismo, el voduismo o el SIDA.
¿Por qué tomar un interés en la revolución que
condujo a la creación de tal país? Por las
siguientes razones:
1. La Revolución Haitiana fue el acontecimiento
decisivo de su tiempo. Despreciada por la mayoría
de los historiadores de la Revolución Francesa,7
así como por la mayoría de los “marxistas
occidentales”, incluso entre aquellos con teorías
poscoloniales, la Revolución Haitiana raramente ha
recibido la importancia que merece. “Excluyendo a
las masas de París”, nota C.L.R. James, una de las
pocas excepciones entre los marxistas que sí le
dan importancia a Haití, “a ninguna otra porción
del imperio francés le tocó, en proporción a su
tamaño, un papel tan grande en la Revolución
Francesa como al medio millón de negros y mulatos
en las islas lejanas del Caribe.”8
Estas islas fueron los primeros lugares en que los
principios “universales” de la libertad y la
igualdad afirmados por la Revolución Francesa
fueron probados verdaderamente. Estos eran
los lugares excepcionales en que estos principios
podían fallar. Ninguna otra pregunta sirvió tanto
para aclarar las diferencias políticas dentro de
las Asambleas Revolucionarias como lo hacía la
pregunta colonial. Y, como Florence Gauthier ha
mostrado, ninguna otra pregunta tuvo un papel más
importante en la transición reaccionaria de la
declaración de los jacobinos de los derechos
naturales a la afirmación termidoriana de los
derechos sociales, las prescripciones de
orden, propiedad y prosperidad.
En cierto sentido, la Revolución Haitiana continúa
siendo uno de los acontecimientos de nuestro
tiempo también. La lógica que se usa hoy para
justificar la división global del trabajo es una
variante de aquella que fue usada por el poder
colonial francés para justificar la preservación
de la esclavitud. Pierre Victor Malouet, hablando
de parte de los dueños de las plantaciones en el
debate de la Asamblea de 1791, entendía
perfectamente que la declaración universal de los
derechos humanos era incompatible con la
existencia de las colonias, y con ese argumento
trató de incitar a sus compatriotas a conservar el
estado excepcional de sus colonias. “No se trata
de meditar si la institución de la esclavitud
puede ser defendida en términos de derechos y
principios”, dijo Malouet: “ningún hombre con
sentido común y moralidad profesaría tal doctrina.
Se trata más bien de saber si es posible cambiar
esta institución en nuestras colonias, sin una
acumulación terrible de crímenes y calamidades.”
¿Qué ha cambiado? Las reglas que nos aplican a
“nosotros” no pueden haber sido hechas para
aplicarlas a “ellos” sin arriesgar la estabilidad
de nuestras inversiones, sin arriesgar una ruptura
económica global o algo peor.
2. El logro de la independencia haitiana ilustra
cómo la política revolucionaria procede a la
manera de un “arte de lo imposible”.
La independencia haitiana trajo con ella el fin de
una de las secuencias más profundamente
sorprendentes de toda la historia mundial. Todos
los observadores contemporáneos fueron
maravillados. Como Robin Blackburn observa, las
fuerzas de Toussaint l’Ouverture rompieron
la cadena de la esclavitud colonial “en el preciso
lugar que había sido, en 1789, su eslabón más
fuerte”.
Uno tras otro, estas fuerzas derrotaron a los
ejércitos de las naciones imperialistas más
poderosas en el planeta y superaron el más
aplastante de los prejuicios ideológicos que fue
encarado por un movimiento de resistencia.
Perseguido y rodeado por los Estados Unidos, Gran
Bretaña, Francia y España, todos ellos
esclavistas, la supervivencia de Haití fue casi
milagrosa. Esta supervivencia quizás les
proporcionó la inspiración más inmediata a los
movimientos de liberación africanos y
latinoamericanos posteriores. Haití también le
proporcionó ayuda decisiva a Bolívar en su lucha
contra el reino español, y en las primeras décadas
del siglo XIX el ejemplo haitiano ayudó a motivar
rebeliones contra la esclavitud en Cuba, Jamaica,
Brasil y Estados Unidos, así como también más
tarde inspiraría a los que trabajaban para poner
fin al colonialismo en África.
3. La Revolución Haitiana muestra la experiencia
contingente de la necesidad histórica. Los que
esperan antes de actuar hasta que la importancia
estratégica del momento se aclare, nunca actuarán.
Mirando atrás, es evidente que sólo el logro de la
independencia nacional podría garantizar la
permanencia de la abolición de la esclavitud en
Haití. Sin embargo, le tomó diez años a
Jean-Jacques Dessalines para alcanzar esta
conclusión, y ésta fue una conclusión que
Toussaint aparentemente nunca quiso aceptar.
Toussaint eventualmente decidió aplacar a los
franceses, para conservar el sistema básico de la
economía de plantación, para hacer lo que los
dueños blancos querían, y esto le costó gran parte
de su apoyo popular en la campaña inicial contra
Charles Leclerc: el hombre que hizo más que
cualquier otro para lograr la liberación de los
esclavos fue incapaz de hacer lo que se requería
para conservar este logro. Similarmente, la
insurrección de los esclavos que dio inicio a toda
la secuencia no salió de la nada, pero sus
consecuencias iniciales permanecieron oscuras
hasta mucho después del acontecimiento. Por un
lado, la rebelión misma fue planeada
cuidadosamente, sacó parte de su fuerza de la
creencia ampliamente compartida en el poder
combativo del voduismo, y su organización fue
facilitada por la organización y la estructura de
la sociedad esclavista. “Trabajando y viviendo
juntos en cuadrillas de cientos de esclavos en las
enormes fábricas de azúcar”, James apunta, los
esclavos “estaban más cerca de ser un proletariado
moderno que cualquier otro grupo de trabajadores
en aquel entonces, y su surgimiento en contra de
sus opresores, por lo tanto, fue un movimiento de
masas ampliamente preparado”.
Por otro lado, en un principio ninguno de los
líderes implicados en la rebelión se propuso
explícitamente lograr la abolición de la
esclavitud. La lucha por la abolición fue
virtualmente impuesta porque los dueños no querían
aceptar nada que no fuera el rendimiento total de
sus ejércitos, algo que hubiera sido prácticamente
suicida; la abolición misma entonces se le impuso
forzosamente a Léger Félicité Sonthonax como
resultado de las divisiones intratables entre la
élite de Saint-Domingue.
4. La revolución haitiana demuestra la
superioridad de la acción directa sobre la
negociación o “comunicación”. No eran raros los
argumentos ilustrados en contra de la esclavitud
en el siglo dieciocho. Montesquieu mostró
desprecio por sus justificaciones religiosas y
“raciales”, la Encyclopédie describió el
comercio colonial de esclavos como un crimen
contra la humanidad y Rousseau identificaba la
esclavitud con una simple y pura negación de la
humanidad.
La mayormente girondina Société des Amis des
Noirs apoyaba una “libertad cuidadosamente
preparada para los esclavos” dentro de un sistema
colonial reformado.
Sin embargo, hay un mundo de diferencia entre la
afirmación de tan excelentes principios y entre la
solidaridad activa con una rebelión esclava —Brissot,
fundador de la Société, pidió la represión
de la rebelión tan pronto ésta empezó.
Como James escribe, las apasionadas protestas
moralizantes en contra de los males de la
explotación “ni entonces ni ahora tienen peso”,
pues cuando se pone en tela de juicio la base de
su autoridad “los que están en el poder nunca
ceden” a otra cosa que no sea la irresistible
presión.
Los moderados que trabajaban para mejorar las
condiciones en Saint Domingue a través de canales
legislativos lograron casi nada durante tres años
de disputas, y la aceptación por parte de los
Jacobinos para poner fin a la esclavitud llegó dos
años y medio después de la rebelión de 1791. A
diferencia de los esclavos que no tenían ninguna
representación “oficial,” los mulatos fueron
debilitados tanto por sus esfuerzos inútiles para
obtener el reconocimiento de Francia como por su
determinación obstinada de tratar de conseguir sus
demandas en aislamiento, sin apoyo negro. (En
cuanto a Tocqueville, tan querido por los
historiadores revisionistas de la Revolución
Francesa que recientemente se tomaron la molestia
para borrar el tema de la esclavitud y las
colonias por completo de la historia de la
revolución:
a pesar de la aversión que profesaba por la
esclavitud, él también se hace eco del poder
colonial casi a la letra cuando en los 1830s y en
los 1840s defiende la “dominación total” de
Argelia a través de “la devastación del país” y la
aplicación de formas de segregación racial para
controlar la sociedad.)
Entre los philosophes franceses, sólo
L”Abbé Raynal estuvo dispuesto a decirles a las
naciones de Europa, en palabras que pueden haber
inspirado al mismo Toussaint, que “sus esclavos no
necesitan su generosidad ni sus consejos para
poder romper el yugo sacrílego que los oprimo
[...].Sólo un líder valiente les hace falta [...,
quien] vendrá y levantará el nivel sagrado de la
libertad. Esta venerable señal reunirá a su
alrededor los compañeros de su desgracia. Más
impetuosos que las tormentas, ellos dejarán en
todas partes las huellas indelebles de su justo
resentimiento....”
5. La Revolución Haitiana ilustra cómo “aquello
que califica como universal en una situación debe
estar en una posición de excepción inmanente”.
La prescripción activa de un principio universal
no es una cuestión vaga de derechos humanos
abstractos, implica la afirmación concreta de
aquel grupo que ha permanecido más irrepresentable
o “intocable” en la situación hasta aquel
entonces. La universalidad militante se aplica
antes que nada a aquellos que son más
sistemáticamente explotados o excluidos por el
estatus quo. Un principio verdaderamente
universal, como Badiou explica, “primero aparece
como la decisión de un indecidible o la
valorización de algo sin valor”, y su aplicación
consecuente asegura que el grupo o la capacidad
que hasta ese momento era “mínimamente existente”
en la situación —en este caso, la capacidad de los
esclavos africanos de asegurar su propia libertad
y su propia independencia— llegue a adquirir una
existencia o intensidad máxima.
En la víspera de 1791, lo que casi todos los
participantes en el debate sobre la esclavitud
aceptaban, y lo que hasta los futuros líderes de
los esclavos aceptaban, era la imposibilidad de
una nación verdaderamente independiente poblada
por ciudadanos libres que fueran descendientes de
africanos. En la medida en que esta posibilidad
continuaba polarizando la opinión internacional
hasta el siglo veinte (si no más allá), la
Revolución Haitiana ilustra además la tendencia
invariablemente divisoria de los principios
universales. No es por accidente, por ejemplo, que
el dictador de la República Dominicana, Rafael
Trujillo, cuando ordenó la masacre de 10 a 15 mil
haitianos en 1937, buscara maneras de justificarla
en términos de la necesidad de “des-africanizar”
la frontera entre las dos naciones.
6. La independencia haitiana demuestra que la
universalidad en su división sólo puede ser
sostenida por un sujeto revolucionario. La
independencia haitiana fue la conclusión de la
única rebelión esclava exitosa. No es difícil
hacer una lista de las diversas razones
coyunturales que culminaron en su éxito,
incluyendo las grandes multitudes y la
concentración de esclavos en la colonia, los
factores culturales y económicos que los unían, la
brutalidad con la que se trataba su gran mayoría,
la libertad de movimiento que disfrutaban los
esclavos privilegiados que servían de
“supervisores”, la intensidad de las divisiones
políticas y económicas entre la gente en el poder,
las rivalidades entre los poderes imperialistas,
la inspiración proporcionada por las revoluciones
en Estados Unidos y Francia, la calidad del
liderazgo de Toussaint, y muchos otros. Pero un
factor por encima de todos puede explicar el
resultado de esta rebelión, que fue uno de los
primeros ejemplos modernos de guerra total: la
determinación de la gente a resistir, bajo
cualquier circunstancia, el retorno a la
esclavitud. Éste fue el elemento más constante de
todos los acontecimientos revolucionarios, y fue
también lo que les brindó dirección a todas las
maniobras tácticas de sus líderes. Cuando
Dessalines, Christophe y otros generales negros
finalmente rompieron su alianza con Leclerc en
1802, fue esta determinación de sus tropas la que
facilitó esta decisión. “Las masas habían
resistido a los franceses desde el primer día, y
no a causa de su liderazgo sino a pesar de ello.
Ellos habían cargado todo el peso y pagaban
sistemáticamente el precio de la resistencia, y
fueron ellos los que habían hecho posible la
reintegración militar y política de los lideres en
la lucha colectiva”.
La clave de la secuencia de acontecimientos reside
en lo que Fick llama las “actividades
autosostenidas” de las masas, la intensidad
excepcional de su movilización y determinación,
que permanecieron lo suficientemente poderosas
para superar las distintas tensiones regionales,
culturales y profesionales que contrariaban su
cooperación a largo plazo.
Los revolucionarios haitianos desmintieron de esta
manera por anticipado toda la lógica contemporánea
de la “intervención democrática”. La reciente
“introducción” de la democracia en Irak no es sino
el último en una larga lista de intentos
internacionales para imponer cambios políticos
interesados a gente cuya participación en el
proceso sólo se tolera si ella permanece
completamente obediente y pasiva; los haitianos,
en cambio, estaban determinados a permanecer los
sujetos, no los objetos, de su propia liberación.
(De este modo, asimismo, desafiaron por adelantado
esa categoría de “pasividad absoluta”, ese “resto”
apenas humano que, en cierto sentido, revive en el
trabajo reciente de Giorgio Agamben sobre la vida
desnuda y los Muselmänner: mientras que
“antes de la revolución más de un esclavo tuvo que
ser azotado para poder moverlo de donde estaba
sentado”, James escribe, estos mismos
“infrahumanos” luego dieron “una de las batallas
revolucionarias mas grandes en la historia”).
7. La independencia haitiana ejemplifica
dramáticamente la relación compleja entre la
autoridad revolucionaria y la gente. De nuevo en
terca oposición a la opinión democrática de hoy,
desde Dessalines a Préval y Aristide la historia
haitiana presenta la articulación consistente de
la movilización política popular y el liderazgo
autoritario. No hace falta subrayar que la buena
suerte de la primera muchas veces sufrió de los
excesos del segundo. Sin embargo, no es menos
evidente que los argumentos a favor de la “reforma
democrática” y la “separación de poderes” han sido
fabricados por la minoría de propietarios
privilegiados de Haití, que colaboraron con sus
patrocinadores internacionales. Precisamente esta
clase de argumentos han paralizado la presidencia
de Aristide desde el primer momento en que él
asumió el poder. El modelo ya había sido definido
con la reacción contra el breve régimen de
Dessalines: en sus varios años como emperador (sin
duda alguna sanguinario y autócrata), Dessalines
introdujo tarifas en el comercio que eran muy poco
populares con la élite, dio pasos para destruir el
prejuicio entre los mulatos y los negros, y empezó
a dirigirse hacia una distribución mas justa de la
tierra agrícola. “Negros y mulatos,” él anunció,
“nosotros todos hemos luchado en contra de los
blancos; las propiedades que nosotros hemos
conquistado con el derrame de nuestra sangre nos
pertenecen todas a nosotros; mi intención es que
todas sean divididas de manera equitativa”.
Un poco después, en octubre de 1806, la élite de
los mulatos de Haití mandaron asesinar a
Dessalines, después de lo cual fueron siempre más
cuidadosos para proteger sus privilegios
comerciales imponiendo límites estrictos al poder
presidencial. El verdadero sucesor de Dessalines,
como James implica, es Fidel Castro.
8. La Revolución Haitiana rechaza el discurso
dominante de la explotación hoy, el discurso de la
“modernización” y la “inversión”. Lo primer que
hicieron los esclavos en agosto de 1791 fue
destruir las plantaciones por completo. Todos los
intentos posteriores para restablecer la economía
de la plantación, comenzando con los de Toussaint,
se estrellaron contra la determinación de la gente
de nunca volver a su vida anterior. Como Fick
muestra, el objetivo principal de la mayoría de
los participantes en la guerra por la
independencia fue tener el control directo sobre
su propio sustento y tierra. “El derecho personal
a la tierra sobre la que trabajaban […] era, para
los peones negros, un elemento necesario y
esencial en su visión de la libertad. Porque sin
esta realidad social y económica concreta, la
libertad era para los esclavos poco más que una
abstracción legal.” Y hacia fines de 1820, gracias
a las iniciativas de Presidentes Pétion y Boyer y
“a diferencia de lo que pasó en la mayoría de los
países de América Latina y el Caribe, muchos
haitianos ex-esclavos sí recibieron pequeñas
propiedades campesinas para así definir sus
propias vidas”.
A largo plazo el sistema agricultor de Haití
resultaría ser insostenible, con el fuerte
incremento de la población y la erosión de la
tierra haciendo estragos en esos campos que alguna
vez fueron los más fértiles del planeta.
Pero “situar la culpa de la pobreza y el
aislamiento de Haití después de la independencia
categóricamente en las pequeñas propiedades
agricultoras”, continúa Fick, significa ignorar la
independencia que se asocia con esa pequeña
agricultura, además de que “simplifica
groseramente los obstáculos que enfrentaba Haití
como una nación negra independiente en un mundo
que aún era generalmente hostil a la emancipación
esclava”.
La primera constitución de Haití fue una forma
cuidadosa de bloquear cualquier control extranjero
de la propiedad haitiana. Como Castro después, uno
de los primeros estrategas políticos haitianos
como de Vastey entendió la importancia de la
autosuficiencia en cuestiones de sustentos
básicos. Gran parte de la difícil situación en la
que Haití se encuentra actualmente se debe al
hecho de que sus líderes han sido incapaces de
planear (o no les han permitido planear) formas de
conservar una autonomía comparable. Después de
décadas en que muchas de sus riquezas fueron
sacadas de la isla para pagar reparaciones
punitivas a Francia (en un acuerdo establecido con
Boyer en 1826), la clase campesina de Haití sufrió
un golpe tal vez irreversible con la ocupación
directa por parte de Estados Unidos durante dos
décadas (1915-1934), que obligó al país a aceptar
nuevos acuerdos financieros nefastos y que
finalmente “legalizó” la adquisición extranjera de
tierra haitiana, facilitando así el camino al
estilo de producción del sistema de plantación.
Los diversos planes de reestructuración impuestos
por el Banco Mundial y el FMI durante las décadas
de los 1980s y 1990s tal vez deben llamarse una
extensión de esa ocupación por otros medios. Estos
planes no buscaban desarrollar mejores métodos
para el cultivo dentro de Haití (sin mencionar la
autonomía popular, el fortalecimiento de mercados
locales, la renovación de los recursos colectivos
de Haití según la tradición de kombit,
etcétera), sino que fueron diseñados para
garantizar la seguridad de inversiones
extranjeras, para debilitar todavía más el ya
impotente gobierno del país, para cerrar fabricas
“incapaces de competir” y “abrir los mercados”
haitianos al comercio extranjero. Entre 1994 y
1995 la tarifa de importación sobre el arroz, por
ejemplo, todavía hoy el cultivo más importante de
la agricultura haitiana, fue bajada desde 35% a
tan solo 3%: mientras que en los 1980s el país por
lo general proveía su propio arroz, las
importaciones subsidiadas desde los Estados Unidos
ahora representan las dos tercias partes del
mercado haitiano, la producción local ha sido
cortada a la mitad, y más de 50.000 agricultores
haitianos de arroz están cerca de la bancarrota.
Si las consecuencias de la Revolución Haitiana han
de persistir en el siglo XXI, aquellos que afirman
estas consecuencias tienen que encontrar otra base
económica en la cual apoyar su independencia
política. No se puede retroceder a los tiempos de
Boyer y Pétion, pero las alternativas actuales
para la economía agraria de Haití —la casi
esclavitud que prevalece en los latifundios en
otras partes de América Latina, o el trabajo de
fábrica inestable que es remunerado con centavos
por una hora de trabajo pesado, o la dependencia
en las provisiones célebremente inseguras de la
ayuda internacional— no son alternativas del todo.
9. La independencia haitiana implica el rechazo
categórico del racismo. Raras veces el concepto de
raza ha sido tan claramente entendido por lo que
es —de ningún modo una “fuente” de conflicto o
diferencia sino solamente un significante vacío
ligado a una economía de pillaje y explotación.
Los primeros escritores haitianos entendieron
perfectamente los argumentos más recientes
avanzados por Wallerstein y Balibar, entre otros,
según los cuales las teorías de la desigualdad
racial fueron obviamente fabricadas por blancos
para justificar la esclavitud y el crecimiento de
los intereses europeos.
La primera constitución de Haití (1805) dio a esas
teorías un duro golpe al identificar a todos
los haitianos, sin importar el color de su piel,
como negros —esta caracterización incluía, entre
otros grupos, un número sustancial de tropas
alemanas y polacas que se juntaron a la pelea
contra Napoleón y más tarde se volvieron
ciudadanos haitianos. Los autores de la
constitución de Haití entendían con una dramática
claridad que cuando se trata de principios
universales, los temas de la raza y la cultura
deben ser ignorados pura y simplemente (o deben
volverse insignificantes).
Uno de los logros más importantes de la
Revolución Haitiana fue precisamente el forzar el
reconocimiento que el “problema” de la raza sólo
surge a través de referencias directas o
indirectas a la esclavitud y a sus consecuencias.
Este argumento incluso fue reconocido por muchos
de los dueños de las plantaciones. La idea que la
esclavitud misma había “manchado” o “ennegrecido”
a los negros proporcionó una base más convincente
que la creencia en su inferioridad innata para
justificar el racismo. Esta idea le proporcionó a
un portavoz colonial como Hilliard d’Auberteuil
argumentos tanto para afirmar la igualdad natural
del hombre como para argumentar que, ya que a
través de la esclavitud los negros habían
“contraído un número infinito de vicios”, los
colonizadores blancos tenían el derecho de
“recibir a la raza negra con un desdén tal que
cualquiera que descendiera de ella, hasta la sexta
generación, debería ser marcado con una mancha
indeleble”.
Por otro lado, Nicholls demuestra que a lo largo
del siglo XIX, aunque mostraban poco interés en el
estado contemporáneo de la cultura africana,
“escritores haitianos, mulatos y negros,
conservadores y marxistas, prácticamente todos
estaban de acuerdo en describir a Haití como un
símbolo de la regeneración africana y la igualdad
racial. Mulatos intelectuales de la clase
privilegiada, como Beaubrun Ardoui, que por su
apariencia podían haber sido tomados por europeos,
orgullosamente se consideraban africanos y como
miembros de la raza negra”.
Como regla general, lo que Badiou describe como la
prescripción de un principio o una “verdad”
universal dura el tiempo que sea capaz de
desdiferenciar a los miembros del grupo que
anteriormente había sido excluido (en este caso, a
tratar a todos los haitianos como negros).
Como Nicholls también muestra, nada ha socavado
más a la independencia haitiana en el período
después de la revolución que el resurgimiento del
prejuicio de color y la re-diferenciación de
haitianos en términos de negros o mulatos. Los
sucesores de Dessalines raramente han evitado los
dos extremos que son el noirisme de Papa
Doc y el universalismo vacío que normalmente ha
sido invocado para avanzar los intereses de la
clase gobernante aún mayoritariamente mulata en
Haití.
* * * * *
La gran parte de la fuerza con que James cuenta la
historia de la revolución de Haití proviene del
hecho de que él se orienta honestamente hacia lo
que para él eran las luchas continuas por la
liberación africana y el socialismo global. Hoy
las cosas pueden no parecer tan claras. Las
variantes de la esclavitud son algo menos severas
hoy de lo que fueron en 1788, y su justificación
normalmente implica argumentos más sutiles que la
referencia al color de la piel. Las doctrinas del
racismo desnudo en el antiguo régimen fueron para
la esclavitud del Nuevo Mundo lo que las doctrinas
de “modernización”, “liberalización” y “reforma
democrática” son para la neoesclavitud de nuestro
Nuevo Orden Mundial. Sin embargo, el antagonismo
recóndito apenas ha evolucionado.
Haití declaró su guerra de liberación contra todos
los grandes poderes coloniales de su tiempo.
Después de Termidor incluso la Francia
revolucionaria volvió al redil colonial. Sólo
Haití continuó la lucha para afirmar los derechos
universales de la humanidad contra los predadores
imperiales de la propiedad. El gran crimen de
Aristide, en los ojos de la “comunidad
internacional”, es seguramente el haber continuado
en esta lucha. Los termidorianos de todas las
épocas siempre han intentado presentar un cuadro
pacífico y ordenado del cambio histórico, un orden
cuyo motor aparentemente es la racionalización
progresiva mientras que su meta es la acumulación
de prosperidad colectiva. La Revolución de Haití
atestigua el poder de otra noción del pasado
histórico así como la posibilidad de un futuro
político diferente.
ADENDA: ¿POR QUÉ HABÍA QUE DERROCAR A ARISTIDE?
Jean Bertrand Aristide fue reelegido como
presidente de Haití en noviembre del 2000 con más
de 90% del voto popular. Fue elegido por gente que
aprobaba su valiente decisión, en 1995, de
disolver a las fuerzas armadas que por mucho
tiempo habían aterrorizado a todo el pueblo de
Haití y que por la fuerza derrocaron su primera
administración. Fue elegido por gente que apoyaba
sus esfuerzos iniciales para invertir en la
educación y la salud, esfuerzos que fueron
planeados virtualmente sin recursos ni ingresos.
Fue elegido por gente que compartía su
determinación de mejorar las condiciones de los
trabajadores peor pagados en el hemisferio
occidental, y que lo llevó a encarar a la poderosa
oposición estadounidense.
En los últimos años Aristide con justicia dobló un
salario mínimo que había caído por debajo del
nivel de $1.60 dólares por día que se había visto
en 1993. Continúo el programa de inversión que,
entre 1994 y 2000, había creado ya más escuelas
que en los 190 años de la historia anterior de
Haití. Estableció clínicas y programas de
entrenamiento que formaban parte de una creciente
campaña pública contra el SIDA. Había empezado a
construir una policía nacional para contener la
amenaza de violencia de parte de aquellos que
antes formaban parte del ejército financiado por
el gobierno estadounidense o los escuadrones de la
muerte de Duvalier.
A fines de febrero pasado Aristide fue expulsado
de la presidencia por una mezcla de gente que
tenía poco en común excepto que se oponían a sus
medidas y no creían en la democracia como una
manera de resolver sus diferencias políticas. Con
el respaldo entusiasta del que fue el gran señor
colonial de Haití y con la aprobación casi
universal de la prensa general, un jefe elegido
por una popularidad arrolladora terminó siendo
reemplazado por grupos que nunca han respetado los
derechos humanos, por mercenarios ex-militares y
por líderes que apoyan fuertemente a los hombres
de negocios estadounidenses.
Raramente se ha aplicado el significado
prevaleciente de la “democracia” con tan
implacable y reveladora claridad.
Es evidente que la expulsión de Aristide le
ofreció a Chirac la oportunidad que tanto había
esperado para restablecer relaciones con la
administración estadounidense a la que se atrevió
a oponerse durante la preparación del ataque
preventivo en Irak. La distorsión de una situación
política compleja en una escena bien ensayada de
“anarquía inminente” y/o de “una inminente
catástrofe humanitaria” es también una forma
familiar y muy común para preparar el camino para
una intervención por fuerzas imperiales
supuestamente benévolas. Es aun más evidente que
la caracterización de Aristide como otro idealista
caprichoso corrompido por el poder absoluto encaja
perfectamente con la visión política que tiene
George W. Bush, y que la caída de Aristide sólo va
abrir las puertas a más explotación despiadada de
la mano de obra de América Latina. Pero incluso si
el apoyo popular para la oposición a Aristide ha
subido en meses recientes por encima del 8%
estimado en la última medida fiable (en una
investigación comisionada por Estados Unidos el
mismo año en que Aristide fue elegido), lo que es
menos evidente es cómo presentar este golpe de
Estado como un triunfo de la democracia y la ley.
Quien haya leído la prensa de los primeros meses
del 2004, sabe que esta versión peculiar de los
acontecimientos en Haití ha sido cuidadosamente
preparada por acusaciones repetidas de que
Aristide arregló unas elecciones fraudulentas en
el 2000, que mandaba milicias violentas contra sus
contrincantes políticos y que llevó a la economía
de Haití al borde del derrumbamiento y a su gente,
de la catástrofe humanitaria. Seguramente no puede
existir una combinación de pecados más terrible.
A menos que alguien haya buscado más
cuidadosamente una explicación de lo que está
pasando realmente en Haití, es difícil comprender
la verdadera sustancia de algunas de estas
acusaciones.
Para empezar, tomemos esas elecciones que se
supone que fueron compradas. Un informe exhaustivo
y convincente de la Coalición Internacional de
Observadores concluyó que “hubo elecciones
pacíficas y justas” en el 2000, y esto a pesar de
mucha negligencia por parte de la Organización de
la Naciones Unidad (ONU) y Estados Unidos, a pesar
de grandes obstáculos de infraestructura y de la
amplia y severa intimidación de partidarios de
Aristide.
Según todos los criterios razonables, las
elecciones del 2000 fueron legítimas y justas. En
comparación con las elecciones presidenciales en
Estados Unidos de ese mismo año, fueron
positivamente ejemplares.
¿Por qué entonces estas elecciones fueron
caracterizadas como “falsas” por la Organización
de Estados Americanos (OAS)? ¿Fue porque la OAS
declaró que la propia votación habido sido
manipulada, o porque algunos de las casillas que
fueron puestas en tela de juicio habían sido
ganadas mediante fraude o de malas maneras? No.
Fue porque, después de que Lavalas, el partido de
Aristide, había ganado 16 de las 17 sillas del
Senado, la OAS cuestionó la metodología usada para
calcular los porcentajes de los votos en 8 de
estas elecciones del Senado. Curiosamente, ni
Estados Unidos ni la OAS habían juzgado esta
metodología (la misma que se usó en las elecciones
de 1990) como problemática en el período inmediato
anterior a las elecciones. Después de las
victorias de Lavalas, sin embargo, esto de repente
era lo suficientemente importante como para llevar
al país entero hacia un colapso económico. Clinton
usó la acusación de la OAS para justificar el
embargo económico en contra de Haití que persiste
hasta estos días, y que efectivamente bloquea el
pago de alrededor de $500 millones de dólares en
ayuda internacional tan desesperadamente
necesaria. (Considerando que el gobierno haitiano
opera con un presupuesto de menos de $300 millones
de dólares al año, esta cantidad está lejos de ser
insignificante).
Igual de curioso es el hecho de que los mismos
periódicos que tan a menudo describen estas
elecciones como “falsas” o “fraudulentas”
raramente mencionan el hecho de que en julio del
2001 un Aristide en bancarrota persuadió a 7 de
los 8 senadores que estaban cuestionados a
retirarse (el octavo fue reelegido). Cuando esta
concesión tampoco logró impresionar a sus enemigos
estadounidenses, Aristide planeó unas nuevas
elecciones legislativas, varios años antes del
tiempo previsto. La única razón por la que éstas
nunca se llevaron a cabo fue porque la oposición,
el partido perversamente llamado “Convergencia
Democrática”, se negó a tomar parte en ellas a
menos que Aristide renunciara primero. ¿Por qué?
Porque si él no renunciaba todos sabían que su
partido otra vez ganaría las elecciones con muy
poco esfuerzo. Y esto, naturalmente, no habría
sido “democrático”.
¿Qué decir ahora sobre esas cuadrillas de
partidarios de Aristide que perturbaban las calles
de Puerto Príncipe? Según varios informes,
alrededor de una docena de personas fueron
asesinadas en la ciudad las últimas 48 horas de
febrero. No hay duda que Aristide es hasta cierto
punto responsable por estas muertes. Pero dado que
sus partidarios no tenían ningún ejército para
protegerlos, dado que la fuerza de la policía que
sirve al país entero es apenas un décimo de la
fuerza que patrulla la ciudad de Nueva York, es
importante recordar que esta cifra es sólo una
pequeña fracción del número matado por los
rebeldes en las últimas semanas y es más o menos
el mismo número de personas que murieron durante
un ataque ahora olvidado en el palacio
presidencial en diciembre del 2001 (sin decir nada
de las docenas de otras matanzas documentadas de
partidarios o funcionarios de Aristide en los
últimos años, ninguna de las cuales mereció la
condena de Estados Unidos o sus aliados). Los
líderes de los rebeldes (Chamblain, Baptiste,
Phillipe...) son gente que tiene mucho más sangre
en sus manos que Aristide.
Aristide, entonces, no fue más corrupto o
sanguinario de lo que fue responsable por el
aislamiento económico de Haití.
Una de las verdaderas razones por la cual él ha
sido tan consistentemente criticado en la prensa
durante las últimas semanas es que la Associated
Press y Reuters dependen a su vez de los servicios
de alambre de medios locales (por ejemplo: Radio
Metropole, Tele-Haiti, Radio Caribe...) que están
todos en manos de opositores de Aristide. El
fundador de Tele-Haiti, por ejemplo, es Andy Apaid,
principal portavoz del Grupo de 184 y uno de los
hombres más ricos en el país; este grupo es
frecuentemente citado como un componente
importante de la oposición al régimen de Aristide
y alabado como una representación de la “sociedad
civil” reciente de Haití.
(En realidad, Apaid fue partidario de Duvalier y
permanece como un ciudadano estadounidense que
obtuvo un pasaporte haitiano con la mentira de
haber nacido en Haití, un país que no permite la
doble-ciudadanía en ningún caso; tampoco es una
coincidencia que Apaid tenga 15 fábricas en Haití
y que se opusiera a la campaña de Aristide el año
pasado para aumentar el salario mínimo).
Otra razón y sin duda la más importante por el
envilecimiento de Aristide es el hecho de que él
sencillamente nunca aprendió a cooperar con la
única ley de la tierra —la necesidad de someterse
sin reservas a los intereses comerciales
extranjeros. Es verdad que él de mala gana aceptó
una serie de severos planes de ajuste del Fondo
Monetario Internacional (FMI), ante la
consternación de los trabajadores pobres en
general y de los agricultores de arroz en
particular.
Pero Aristide no iba a permitir que esto fuera más
lejos. Él se opuso a la privatización
indiscriminada de recursos del Estado, y fue firme
acerca de los salarios, la educación y la salud.
Lo que sucedió en Haití no es que un jefe que
antes tenía principios y era razonable de repente
se volvió loco con su poder; la verdad es que un
Aristide en grandes líneas consistente consigo
mismo nunca estuvo completamente preparado para
abandonar todos sus principios.
Lo peor de todo es que Aristide permaneció
indeleblemente asociado con lo que quedó de un
movimiento popular genuino por el poder económico
y político. Por esta razón, era esencial que
Aristide fuera no sólo expulsado de la presidencia
sino también completamente desacreditado a los
ojos de su gente y los del mundo. Como Noam
Chomsky ha explicado tan a menudo, la “amenaza de
un buen ejemplo” siempre solicita medidas de
venganza que no tienen ninguna relación con la
importancia estratégica o económica del país del
que se trata. Esta es la razón por la cual los
jefes del mundo se han unido para aplastar una
democracia en nombre de la democracia.