Imprimir | PDF

Inspiración haitiana.

La independencia de Haití en su bicentenario*

PETER HALLWARD**

La independencia haitiana ejemplifica dramáticamente la relación compleja entre la autoridad revolucionaria y la gente. De nuevo en terca oposición a la opinión democrática de hoy, desde Dessalines a Préval y Aristide la historia haitiana presenta la articulación consistente de la movilización política popular y el liderazgo autoritario.

Hace doscientos años este mes, la colonia francesa de Saint Domingue en la isla de Hispaniola se convirtió en la nación independiente de Haití. Pocas transformaciones en la historia mundial han sido más transcendentes, pocas han requerido más sacrificio o han prometido más esperanza. Y pocas han sido tan olvidadas por esos que nos quieren dar a creer que esta historia ha llegado a un fin deseable con el eclipse de las luchas por el socialismo, por la liberación nacional y por una independencia verdadera en el mundo en vías de desarrollo.  

De las tres revoluciones mayores que empezaron en las últimas décadas del siglo dieciocho —la estadounidense, la francesa, y la haitiana— solo la tercera forzó la aplicación incondicional del principio que las inspiró a todas: la afirmación de los derechos naturales e inajenables de todos los seres humanos. La declaración de la libertad humana fue universalmente consistente únicamente en Haití. Sólo en Haití se mantuvo esta declaración a todo costo, en oposición directa al orden social y a la lógica economista del día. Las consecuencias de esta declaración —el fin de la esclavitud, el colonialismo, y la desigualdad racial— fueron sostenidas, en términos que directamente incluían al mundo entero, únicamente en Haití. Y de estas tres revoluciones, la de Haití es la que tiene más que enseñarles a todos los que buscan sostener estas consecuencias en el mundo de hoy.[1]

 Aparte del impacto extraordinario de este espectáculo histórico, ¿por qué debiera alguien con un interés en la política radical interesarse hoy por los pasos de la independencia haitiana? Haití es descrito invariablemente como el “país más pobre del hemisferio occidental”. Es usualmente caracterizado como una lección de desarrollo económico fracasado y una “modernización” inacabada, como destituido de los beneficios asociados a la democracia representativa, la sociedad civil moderna y una inversión extranjera estable; casi con la misma regularidad, también es presentado y vinculado explícitamente al racismo, el voduismo o el SIDA. ¿Por qué tomar un interés en la revolución que condujo a la creación de tal país? Por las siguientes razones:

1. La Revolución Haitiana fue el acontecimiento decisivo de su tiempo. Despreciada por la mayoría de los historiadores de la Revolución Francesa,7 así como por la mayoría de los “marxistas occidentales”, incluso entre aquellos con teorías poscoloniales, la Revolución Haitiana raramente ha recibido la importancia que merece. “Excluyendo a las masas de París”, nota C.L.R. James, una de las pocas excepciones entre los marxistas que sí le dan importancia a Haití, “a ninguna otra porción del imperio francés le tocó, en proporción a su tamaño, un papel tan grande en la Revolución Francesa como al medio millón de negros y mulatos en las islas lejanas del Caribe.”8 Estas islas fueron los primeros lugares en que los principios “universales” de la libertad y la igualdad afirmados por la Revolución Francesa fueron probados verdaderamente. Estos eran los lugares excepcionales en que estos principios podían fallar. Ninguna otra pregunta sirvió tanto para aclarar las diferencias políticas dentro de las Asambleas Revolucionarias como lo hacía la pregunta colonial. Y, como Florence Gauthier ha mostrado, ninguna otra pregunta tuvo un papel más importante en la transición reaccionaria de la declaración de los jacobinos de los derechos naturales a la afirmación termidoriana de los derechos sociales, las prescripciones de orden, propiedad y prosperidad.

En cierto sentido, la Revolución Haitiana continúa siendo uno de los acontecimientos de nuestro tiempo también. La lógica que se usa hoy para justificar la división global del trabajo es una variante de aquella que fue usada por el poder colonial francés para justificar la preservación de la esclavitud. Pierre Victor Malouet, hablando de parte de los dueños de las plantaciones en el debate de la Asamblea de 1791, entendía perfectamente que la declaración universal de los derechos humanos era incompatible con la existencia de las colonias, y con ese argumento trató de incitar a sus compatriotas a conservar el estado excepcional de sus colonias. “No se trata de meditar si la institución de la esclavitud puede ser defendida en términos de derechos y principios”, dijo Malouet: “ningún hombre con sentido común y moralidad profesaría tal doctrina. Se trata más bien de saber si es posible cambiar esta institución en nuestras colonias, sin una acumulación terrible de crímenes y calamidades.”[2] ¿Qué ha cambiado? Las reglas que nos aplican a “nosotros” no pueden haber sido hechas para aplicarlas a “ellos” sin arriesgar la estabilidad de nuestras inversiones, sin arriesgar una ruptura económica global o algo peor.

2. El logro de la independencia haitiana ilustra cómo la política revolucionaria procede a la manera de un “arte de lo imposible”.[3] La independencia haitiana trajo con ella el fin de una de las secuencias más profundamente sorprendentes de toda la historia mundial. Todos los observadores contemporáneos fueron maravillados. Como Robin Blackburn observa, las fuerzas de Toussaint l’Ouverture rompieron la cadena de la esclavitud colonial “en el preciso lugar que había sido, en 1789, su eslabón más fuerte”.[4] Uno tras otro, estas fuerzas derrotaron a los ejércitos de las naciones imperialistas más poderosas en el planeta y superaron el más aplastante de los prejuicios ideológicos que fue encarado por un movimiento de resistencia. Perseguido y rodeado por los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y España, todos ellos esclavistas, la supervivencia de Haití fue casi milagrosa. Esta supervivencia quizás les proporcionó la inspiración más inmediata a los movimientos de liberación africanos y latinoamericanos posteriores. Haití también le proporcionó ayuda decisiva a Bolívar en su lucha contra el reino español, y en las primeras décadas del siglo XIX el ejemplo haitiano ayudó a motivar rebeliones contra la esclavitud en Cuba, Jamaica, Brasil y Estados Unidos, así como también más tarde inspiraría a los que trabajaban para poner fin al colonialismo en África.[5]

 3. La Revolución Haitiana muestra la experiencia contingente de la necesidad histórica. Los que esperan antes de actuar hasta que la importancia estratégica del momento se aclare, nunca actuarán. Mirando atrás, es evidente que sólo el logro de la independencia nacional podría garantizar la permanencia de la abolición de la esclavitud en Haití. Sin embargo, le tomó diez años a Jean-Jacques Dessalines para alcanzar esta conclusión, y ésta fue una conclusión que Toussaint aparentemente nunca quiso aceptar. Toussaint eventualmente decidió aplacar a los franceses, para conservar el sistema básico de la economía de plantación, para hacer lo que los dueños blancos querían, y esto le costó gran parte de su apoyo popular en la campaña inicial contra Charles Leclerc: el hombre que hizo más que cualquier otro para lograr la liberación de los esclavos fue incapaz de hacer lo que se requería para conservar este logro. Similarmente, la insurrección de los esclavos que dio inicio a toda la secuencia no salió de la nada, pero sus consecuencias iniciales permanecieron oscuras hasta mucho después del acontecimiento. Por un lado, la rebelión misma fue planeada cuidadosamente, sacó parte de su fuerza de la creencia ampliamente compartida en el poder combativo del voduismo, y su organización fue facilitada por la organización y la estructura de la sociedad esclavista. “Trabajando y viviendo juntos en cuadrillas de cientos de esclavos en las enormes fábricas de azúcar”, James apunta, los esclavos “estaban más cerca de ser un proletariado moderno que cualquier otro grupo de trabajadores en aquel entonces, y su surgimiento en contra de sus opresores, por lo tanto, fue un movimiento de masas ampliamente preparado”.[6] Por otro lado, en un principio ninguno de los líderes implicados en la rebelión se propuso explícitamente lograr la abolición de la esclavitud. La lucha por la abolición fue virtualmente impuesta porque los dueños no querían aceptar nada que no fuera el rendimiento total de sus ejércitos, algo que hubiera sido prácticamente suicida; la abolición misma entonces se le impuso forzosamente a Léger Félicité Sonthonax como resultado de las divisiones intratables entre la élite de Saint-Domingue.

4. La revolución haitiana demuestra la superioridad de la acción directa sobre la negociación o “comunicación”. No eran raros los argumentos ilustrados en contra de la esclavitud en el siglo dieciocho. Montesquieu mostró desprecio por sus justificaciones religiosas y “raciales”, la Encyclopédie describió el comercio colonial de esclavos como un crimen contra la humanidad y Rousseau identificaba la esclavitud con una simple y pura negación de la humanidad.[7] La mayormente girondina Société des Amis des Noirs apoyaba una “libertad cuidadosamente preparada para los esclavos” dentro de un sistema colonial reformado.[8] Sin embargo, hay un mundo de diferencia entre la afirmación de tan excelentes principios y entre la solidaridad activa con una rebelión esclava —Brissot, fundador de la Société, pidió la represión de la rebelión tan pronto ésta empezó.[9] Como James escribe, las apasionadas protestas moralizantes en contra de los males de la explotación “ni entonces ni ahora tienen peso”, pues cuando se pone en tela de juicio la base de su autoridad “los que están en el poder nunca ceden” a otra cosa que no sea la irresistible presión.[10] Los moderados que trabajaban para mejorar las condiciones en Saint Domingue a través de canales legislativos lograron casi nada durante tres años de disputas, y la aceptación por parte de los Jacobinos para poner fin a la esclavitud llegó dos años y medio después de la rebelión de 1791. A diferencia de los esclavos que no tenían ninguna representación “oficial,” los mulatos fueron debilitados tanto por sus esfuerzos inútiles para obtener el reconocimiento de Francia como por su determinación obstinada de tratar de conseguir sus demandas en aislamiento, sin apoyo negro. (En cuanto a Tocqueville, tan querido por los historiadores revisionistas de la Revolución Francesa que recientemente se tomaron la molestia para borrar el tema de la esclavitud y las colonias por completo de la historia de la revolución:[11] a pesar de la aversión que profesaba por la esclavitud, él también se hace eco del poder colonial casi a la letra cuando en los 1830s y en los 1840s defiende la “dominación total” de Argelia a través de “la devastación del país” y la aplicación de formas de segregación racial para controlar la sociedad.[12]) Entre los philosophes franceses, sólo L”Abbé Raynal estuvo dispuesto a decirles a las naciones de Europa, en palabras que pueden haber inspirado al mismo Toussaint, que “sus esclavos no necesitan su generosidad ni sus consejos para poder romper el yugo sacrílego que los oprimo [...].Sólo un líder valiente les hace falta [..., quien] vendrá y levantará el nivel sagrado de la libertad. Esta venerable señal reunirá a su alrededor los compañeros de su desgracia. Más impetuosos que las tormentas, ellos dejarán en todas partes las huellas indelebles de su justo resentimiento....”[13]

5. La Revolución Haitiana ilustra cómo “aquello que califica como universal en una situación debe estar en una posición de excepción inmanente”.[14] La prescripción activa de un principio universal no es una cuestión vaga de derechos humanos abstractos, implica la afirmación concreta de aquel grupo que ha permanecido más irrepresentable o “intocable” en la situación hasta aquel entonces. La universalidad militante se aplica antes que nada a aquellos que son más sistemáticamente explotados o excluidos por el estatus quo. Un principio verdaderamente universal, como Badiou explica, “primero aparece como la decisión de un indecidible o la valorización de algo sin valor”, y su aplicación consecuente asegura que el grupo o la capacidad que hasta ese momento era “mínimamente existente” en la situación —en este caso, la capacidad de los esclavos africanos de asegurar su propia libertad y su propia independencia— llegue a adquirir una existencia o intensidad máxima.[15] En la víspera de 1791, lo que casi todos los participantes en el debate sobre la esclavitud aceptaban, y lo que hasta los futuros líderes de los esclavos aceptaban, era la imposibilidad de una nación verdaderamente independiente poblada por ciudadanos libres que fueran descendientes de africanos. En la medida en que esta posibilidad continuaba polarizando la opinión internacional hasta el siglo veinte (si no más allá), la Revolución Haitiana ilustra además la tendencia invariablemente divisoria de los principios universales. No es por accidente, por ejemplo, que el dictador de la República Dominicana, Rafael Trujillo, cuando ordenó la masacre de 10 a 15 mil haitianos en 1937, buscara maneras de justificarla en términos de la necesidad de “des-africanizar” la frontera entre las dos naciones.[16]

6. La independencia haitiana demuestra que la universalidad en su división sólo puede ser sostenida por un sujeto revolucionario. La independencia haitiana fue la conclusión de la única rebelión esclava exitosa. No es difícil hacer una lista de las diversas razones coyunturales que culminaron en su éxito, incluyendo las grandes multitudes y la concentración de esclavos en la colonia, los factores culturales y económicos que los unían, la brutalidad con la que se trataba su gran mayoría, la libertad de movimiento que disfrutaban los esclavos privilegiados que servían de “supervisores”, la intensidad de las divisiones políticas y económicas entre la gente en el poder, las rivalidades entre los poderes imperialistas, la inspiración proporcionada por las revoluciones en Estados Unidos y Francia, la calidad del liderazgo de Toussaint, y muchos otros. Pero un factor por encima de todos puede explicar el resultado de esta rebelión, que fue uno de los primeros ejemplos modernos de guerra total: la determinación de la gente a resistir, bajo cualquier circunstancia, el retorno a la esclavitud. Éste fue el elemento más constante de todos los acontecimientos revolucionarios, y fue también lo que les brindó dirección a todas las maniobras tácticas de sus líderes. Cuando Dessalines, Christophe y otros generales negros finalmente rompieron su alianza con Leclerc en 1802, fue esta determinación de sus tropas la que facilitó esta decisión. “Las masas habían resistido a los franceses desde el primer día, y no a causa de su liderazgo sino a pesar de ello. Ellos habían cargado todo el peso y pagaban sistemáticamente el precio de la resistencia, y fueron ellos los que habían hecho posible la reintegración militar y política de los lideres en la lucha colectiva”.[17] La clave de la secuencia de acontecimientos reside en lo que Fick llama las “actividades autosostenidas” de las masas, la intensidad excepcional de su movilización y determinación, que permanecieron lo suficientemente poderosas para superar las distintas tensiones regionales, culturales y profesionales que contrariaban su cooperación a largo plazo.[18]

Los revolucionarios haitianos desmintieron de esta manera por anticipado toda la lógica contemporánea de la “intervención democrática”. La reciente “introducción” de la democracia en Irak no es sino el último en una larga lista de intentos internacionales para imponer cambios políticos interesados a gente cuya participación en el proceso sólo se tolera si ella permanece completamente obediente y pasiva; los haitianos, en cambio, estaban determinados a permanecer los sujetos, no los objetos, de su propia liberación. (De este modo, asimismo, desafiaron por adelantado esa categoría de “pasividad absoluta”, ese “resto” apenas humano que, en cierto sentido, revive en el trabajo reciente de Giorgio Agamben sobre la vida desnuda y los Muselmänner: mientras que “antes de la revolución más de un esclavo tuvo que ser azotado para poder moverlo de donde estaba sentado”, James escribe, estos mismos “infrahumanos” luego dieron “una de las batallas revolucionarias mas grandes en la historia”[19]).

 7. La independencia haitiana ejemplifica dramáticamente la relación compleja entre la autoridad revolucionaria y la gente. De nuevo en terca oposición a la opinión democrática de hoy, desde Dessalines a Préval y Aristide la historia haitiana presenta la articulación consistente de la movilización política popular y el liderazgo autoritario. No hace falta subrayar que la buena suerte de la primera muchas veces sufrió de los excesos del segundo. Sin embargo, no es menos evidente que los argumentos a favor de la “reforma democrática” y la “separación de poderes” han sido fabricados por la minoría de propietarios privilegiados de Haití, que colaboraron con sus patrocinadores internacionales. Precisamente esta clase de argumentos han paralizado la presidencia de Aristide desde el primer momento en que él asumió el poder. El modelo ya había sido definido con la reacción contra el breve régimen de Dessalines: en sus varios años como emperador (sin duda alguna sanguinario y autócrata), Dessalines introdujo tarifas en el comercio que eran muy poco populares con la élite, dio pasos para destruir el prejuicio entre los mulatos y los negros, y empezó a dirigirse hacia una distribución mas justa de la tierra agrícola. “Negros y mulatos,” él anunció, “nosotros todos hemos luchado en contra de los blancos; las propiedades que nosotros hemos conquistado con el derrame de nuestra sangre nos pertenecen todas a nosotros; mi intención es que todas sean divididas de manera equitativa”.[20] Un poco después, en octubre de 1806, la élite de los mulatos de Haití mandaron asesinar a Dessalines, después de lo cual fueron siempre más cuidadosos para proteger sus privilegios comerciales imponiendo límites estrictos al poder presidencial. El verdadero sucesor de Dessalines, como James implica, es Fidel Castro.[21]

8. La Revolución Haitiana rechaza el discurso dominante de la explotación hoy, el discurso de la “modernización” y la “inversión”. Lo primer que hicieron los esclavos en agosto de 1791 fue destruir las plantaciones por completo. Todos los intentos posteriores para restablecer la economía de la plantación, comenzando con los de Toussaint, se estrellaron contra la determinación de la gente de nunca volver a su vida anterior. Como Fick muestra, el objetivo principal de la mayoría de los participantes en la guerra por la independencia fue tener el control directo sobre su propio sustento y tierra. “El derecho personal a la tierra sobre la que trabajaban […] era, para los peones negros, un elemento necesario y esencial en su visión de la libertad. Porque sin esta realidad social y económica concreta, la libertad era para los esclavos poco más que una abstracción legal.” Y hacia fines de 1820, gracias a las iniciativas de Presidentes Pétion y Boyer y “a diferencia de lo que pasó en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe, muchos haitianos ex-esclavos sí recibieron pequeñas propiedades campesinas para así definir sus propias vidas”.[22] A largo plazo el sistema agricultor de Haití resultaría ser insostenible, con el fuerte incremento de la población y la erosión de la tierra haciendo estragos en esos campos que alguna vez fueron los más fértiles del planeta.[23] Pero “situar la culpa de la pobreza y el aislamiento de Haití después de la independencia categóricamente en las pequeñas propiedades agricultoras”, continúa Fick, significa ignorar la independencia que se asocia con esa pequeña agricultura, además de que “simplifica groseramente los obstáculos que enfrentaba Haití como una nación negra independiente en un mundo que aún era generalmente hostil a la emancipación esclava”.[24]

 La primera constitución de Haití fue una forma cuidadosa de bloquear cualquier control extranjero de la propiedad haitiana. Como Castro después, uno de los primeros estrategas políticos haitianos como de Vastey entendió la importancia de la autosuficiencia en cuestiones de sustentos básicos. Gran parte de la difícil situación en la que Haití se encuentra actualmente se debe al hecho de que sus líderes han sido incapaces de planear (o no les han permitido planear) formas de conservar una autonomía comparable. Después de décadas en que muchas de sus riquezas fueron sacadas de la isla para pagar reparaciones punitivas a Francia (en un acuerdo establecido con Boyer en 1826), la clase campesina de Haití sufrió un golpe tal vez irreversible con la ocupación directa por parte de Estados Unidos durante dos décadas (1915-1934), que obligó al país a aceptar nuevos acuerdos financieros nefastos y que finalmente “legalizó” la adquisición extranjera de tierra haitiana, facilitando así el camino al estilo de producción del sistema de plantación. Los diversos planes de reestructuración impuestos por el Banco Mundial y el FMI durante las décadas de los 1980s y 1990s tal vez deben llamarse una extensión de esa ocupación por otros medios. Estos planes no buscaban desarrollar mejores métodos para el cultivo dentro de Haití (sin mencionar la autonomía popular, el fortalecimiento de mercados locales, la renovación de los recursos colectivos de Haití según la tradición de kombit, etcétera), sino que fueron diseñados para garantizar la seguridad de inversiones extranjeras, para debilitar todavía más el ya impotente gobierno del país, para cerrar fabricas “incapaces de competir” y “abrir los mercados” haitianos al comercio extranjero. Entre 1994 y 1995 la tarifa de importación sobre el arroz, por ejemplo, todavía hoy el cultivo más importante de la agricultura haitiana, fue bajada desde 35% a tan solo 3%: mientras que en los 1980s el país por lo general proveía su propio arroz, las importaciones subsidiadas desde los Estados Unidos ahora representan las dos tercias partes del mercado haitiano, la producción local ha sido cortada a la mitad, y más de 50.000 agricultores haitianos de arroz están cerca de la bancarrota.

Si las consecuencias de la Revolución Haitiana han de persistir en el siglo XXI, aquellos que afirman estas consecuencias tienen que encontrar otra base económica en la cual apoyar su independencia política. No se puede retroceder a los tiempos de Boyer y Pétion, pero las alternativas actuales para la economía agraria de Haití —la casi esclavitud que prevalece en los latifundios en otras partes de América Latina, o el trabajo de fábrica inestable que es remunerado con centavos por una hora de trabajo pesado, o la dependencia en las provisiones célebremente inseguras de la ayuda internacional— no son alternativas del todo.

9. La independencia haitiana implica el rechazo categórico del racismo. Raras veces el concepto de raza ha sido tan claramente entendido por lo que es —de ningún modo una “fuente” de conflicto o diferencia sino solamente un significante vacío ligado a una economía de pillaje y explotación. Los primeros escritores haitianos entendieron perfectamente los argumentos más recientes avanzados por Wallerstein y Balibar, entre otros, según los cuales las teorías de la desigualdad racial fueron obviamente fabricadas por blancos para justificar la esclavitud y el crecimiento de los intereses europeos.[25] La primera constitución de Haití (1805) dio a esas teorías un duro golpe al identificar a todos los haitianos, sin importar el color de su piel, como negros —esta caracterización incluía, entre otros grupos, un número sustancial de tropas alemanas y polacas que se juntaron a la pelea contra Napoleón y más tarde se volvieron ciudadanos haitianos. Los autores de la constitución de Haití entendían con una dramática claridad que cuando se trata de principios universales, los temas de la raza y la cultura deben ser ignorados pura y simplemente (o deben volverse insignificantes).

 Uno de los logros más importantes de la Revolución Haitiana fue precisamente el forzar el reconocimiento que el “problema” de la raza sólo surge a través de referencias directas o indirectas a la esclavitud y a sus consecuencias. Este argumento incluso fue reconocido por muchos de los dueños de las plantaciones. La idea que la esclavitud misma había “manchado” o “ennegrecido” a los negros proporcionó una base más convincente que la creencia en su inferioridad innata para justificar el racismo. Esta idea le proporcionó a un portavoz colonial como Hilliard d’Auberteuil argumentos tanto para afirmar la igualdad natural del hombre como para argumentar que, ya que a través de la esclavitud los negros habían “contraído un número infinito de vicios”, los colonizadores blancos tenían el derecho de “recibir a la raza negra con un desdén tal que cualquiera que descendiera de ella, hasta la sexta generación, debería ser marcado con una mancha indeleble”.[26] Por otro lado, Nicholls demuestra que a lo largo del siglo XIX, aunque mostraban poco interés en el estado contemporáneo de la cultura africana, “escritores haitianos, mulatos y negros, conservadores y marxistas, prácticamente todos estaban de acuerdo en describir a Haití como un símbolo de la regeneración africana y la igualdad racial. Mulatos intelectuales de la clase privilegiada, como Beaubrun Ardoui, que por su apariencia podían haber sido tomados por europeos, orgullosamente se consideraban africanos y como miembros de la raza negra”.[27]

Como regla general, lo que Badiou describe como la prescripción de un principio o una “verdad” universal dura el tiempo que sea capaz de desdiferenciar a los miembros del grupo que anteriormente había sido excluido (en este caso, a tratar a todos los haitianos como negros). Como Nicholls también muestra, nada ha socavado más a la independencia haitiana en el período después de la revolución que el resurgimiento del prejuicio de color y la re-diferenciación de haitianos en términos de negros o mulatos. Los sucesores de Dessalines raramente han evitado los dos extremos que son el noirisme de Papa Doc y el universalismo vacío que normalmente ha sido invocado para avanzar los intereses de la clase gobernante aún mayoritariamente mulata en Haití.

 

* * * * *

La gran parte de la fuerza con que James cuenta la historia de la revolución de Haití proviene del hecho de que él se orienta honestamente hacia lo que para él eran las luchas continuas por la liberación africana y el socialismo global. Hoy las cosas pueden no parecer tan claras. Las variantes de la esclavitud son algo menos severas hoy de lo que fueron en 1788, y su justificación normalmente implica argumentos más sutiles que la referencia al color de la piel. Las doctrinas del racismo desnudo en el antiguo régimen fueron para la esclavitud del Nuevo Mundo lo que las doctrinas de “modernización”, “liberalización” y “reforma democrática” son para la neoesclavitud de nuestro Nuevo Orden Mundial. Sin embargo, el antagonismo recóndito apenas ha evolucionado.

Haití declaró su guerra de liberación contra todos los grandes poderes coloniales de su tiempo. Después de Termidor incluso la Francia revolucionaria volvió al redil colonial. Sólo Haití continuó la lucha para afirmar los derechos universales de la humanidad contra los predadores imperiales de la propiedad. El gran crimen de Aristide, en los ojos de la “comunidad internacional”, es seguramente el haber continuado en esta lucha. Los termidorianos de todas las épocas siempre han intentado presentar un cuadro pacífico y ordenado del cambio histórico, un orden cuyo motor aparentemente es la racionalización progresiva mientras que su meta es la acumulación de prosperidad colectiva. La Revolución de Haití atestigua el poder de otra noción del pasado histórico así como la posibilidad de un futuro político diferente.

 

ADENDA: ¿POR QUÉ HABÍA QUE DERROCAR A ARISTIDE?

 

Jean Bertrand Aristide fue reelegido como presidente de Haití en noviembre del 2000 con más de 90% del voto popular. Fue elegido por gente que aprobaba su valiente decisión, en 1995, de disolver a las fuerzas armadas que por mucho tiempo habían aterrorizado a todo el pueblo de Haití y que por la fuerza derrocaron su primera administración. Fue elegido por gente que apoyaba sus esfuerzos iniciales para invertir en la educación y la salud, esfuerzos que fueron planeados virtualmente sin recursos ni ingresos. Fue elegido por gente que compartía su determinación de mejorar las condiciones de los trabajadores peor pagados en el hemisferio occidental, y que lo llevó a encarar a la poderosa oposición estadounidense.

En los últimos años Aristide con justicia dobló un salario mínimo que había caído por debajo del nivel de $1.60 dólares por día que se había visto en 1993. Continúo el programa de inversión que, entre 1994 y 2000, había creado ya más escuelas que en los 190 años de la historia anterior de Haití. Estableció clínicas y programas de entrenamiento que formaban parte de una creciente campaña pública contra el SIDA. Había empezado a construir una policía nacional para contener la amenaza de violencia de parte de aquellos que antes formaban parte del ejército financiado por el gobierno estadounidense o los escuadrones de la muerte de Duvalier.

 A fines de febrero pasado Aristide fue expulsado de la presidencia por una mezcla de gente que tenía poco en común excepto que se oponían a sus medidas y no creían en la democracia como una manera de resolver sus diferencias políticas. Con el respaldo entusiasta del que fue el gran señor colonial de Haití y con la aprobación casi universal de la prensa general, un jefe elegido por una popularidad arrolladora terminó siendo reemplazado por grupos que nunca han respetado los derechos humanos, por mercenarios ex-militares y por líderes que apoyan fuertemente a los hombres de negocios estadounidenses.

Raramente se ha aplicado el significado prevaleciente de la “democracia” con tan implacable y reveladora claridad.

 Es evidente que la expulsión de Aristide le ofreció a Chirac la oportunidad que tanto había esperado para restablecer relaciones con la administración estadounidense a la que se atrevió a oponerse durante la preparación del ataque preventivo en Irak. La distorsión de una situación política compleja en una escena bien ensayada de “anarquía inminente” y/o de “una inminente catástrofe humanitaria” es también una forma familiar y muy común para preparar el camino para una intervención por fuerzas imperiales supuestamente benévolas. Es aun más evidente que la caracterización de Aristide como otro idealista caprichoso corrompido por el poder absoluto encaja perfectamente con la visión política que tiene George W. Bush, y que la caída de Aristide sólo va abrir las puertas a más explotación despiadada de la mano de obra de América Latina. Pero incluso si el apoyo popular para la oposición a Aristide ha subido en meses recientes por encima del 8% estimado en la última medida fiable (en una investigación comisionada por Estados Unidos el mismo año en que Aristide fue elegido), lo que es menos evidente es cómo presentar este golpe de Estado como un triunfo de la democracia y la ley.

Quien haya leído la prensa de los primeros meses del 2004, sabe que esta versión peculiar de los acontecimientos en Haití ha sido cuidadosamente preparada por acusaciones repetidas de que Aristide arregló unas elecciones fraudulentas en el 2000, que mandaba milicias violentas contra sus contrincantes políticos y que llevó a la economía de Haití al borde del derrumbamiento y a su gente, de la catástrofe humanitaria. Seguramente no puede existir una combinación de pecados más terrible.

A menos que alguien haya buscado más cuidadosamente una explicación de lo que está pasando realmente en Haití, es difícil comprender la verdadera sustancia de algunas de estas acusaciones.

Para empezar, tomemos esas elecciones que se supone que fueron compradas. Un informe exhaustivo y convincente de la Coalición Internacional de Observadores concluyó que “hubo elecciones pacíficas y justas” en el 2000, y esto a pesar de mucha negligencia por parte de la Organización de la Naciones Unidad (ONU) y Estados Unidos, a pesar de grandes obstáculos de infraestructura y de la amplia y severa intimidación de partidarios de Aristide.[28] Según todos los criterios razonables, las elecciones del 2000 fueron legítimas y justas. En comparación con las elecciones presidenciales en Estados Unidos de ese mismo año, fueron positivamente ejemplares.

¿Por qué entonces estas elecciones fueron caracterizadas como “falsas” por la Organización de Estados Americanos (OAS)? ¿Fue porque la OAS declaró que la propia votación habido sido manipulada, o porque algunos de las casillas que fueron puestas en tela de juicio habían sido ganadas mediante fraude o de malas maneras? No. Fue porque, después de que Lavalas, el partido de Aristide, había ganado 16 de las 17 sillas del Senado, la OAS cuestionó la metodología usada para calcular los porcentajes de los votos en 8 de estas elecciones del Senado. Curiosamente, ni Estados Unidos ni la OAS habían juzgado esta metodología (la misma que se usó en las elecciones de 1990) como problemática en el período inmediato anterior a las elecciones. Después de las victorias de Lavalas, sin embargo, esto de repente era lo suficientemente importante como para llevar al país entero hacia un colapso económico. Clinton usó la acusación de la OAS para justificar el embargo económico en contra de Haití que persiste hasta estos días, y que efectivamente bloquea el pago de alrededor de $500 millones de dólares en ayuda internacional tan desesperadamente necesaria. (Considerando que el gobierno haitiano opera con un presupuesto de menos de $300 millones de dólares al año, esta cantidad está lejos de ser insignificante).

Igual de curioso es el hecho de que los mismos periódicos que tan a menudo describen estas elecciones como “falsas” o “fraudulentas” raramente mencionan el hecho de que en julio del 2001 un Aristide en bancarrota persuadió a 7 de los 8 senadores que estaban cuestionados a retirarse (el octavo fue reelegido). Cuando esta concesión tampoco logró impresionar a sus enemigos estadounidenses, Aristide planeó unas nuevas elecciones legislativas, varios años antes del tiempo previsto. La única razón por la que éstas nunca se llevaron a cabo fue porque la oposición, el partido perversamente llamado “Convergencia Democrática”, se negó a tomar parte en ellas a menos que Aristide renunciara primero. ¿Por qué? Porque si él no renunciaba todos sabían que su partido otra vez ganaría las elecciones con muy poco esfuerzo. Y esto, naturalmente, no habría sido “democrático”.

¿Qué decir ahora sobre esas cuadrillas de partidarios de Aristide que perturbaban las calles de Puerto Príncipe? Según varios informes, alrededor de una docena de personas fueron asesinadas en la ciudad las últimas 48 horas de febrero. No hay duda que Aristide es hasta cierto punto responsable por estas muertes. Pero dado que sus partidarios no tenían ningún ejército para protegerlos, dado que la fuerza de la policía que sirve al país entero es apenas un décimo de la fuerza que patrulla la ciudad de Nueva York, es importante recordar que esta cifra es sólo una pequeña fracción del número matado por los rebeldes en las últimas semanas y es más o menos el mismo número de personas que murieron durante un ataque ahora olvidado en el palacio presidencial en diciembre del 2001 (sin decir nada de las docenas de otras matanzas documentadas de partidarios o funcionarios de Aristide en los últimos años, ninguna de las cuales mereció la condena de Estados Unidos o sus aliados). Los líderes de los rebeldes (Chamblain, Baptiste, Phillipe...) son gente que tiene mucho más sangre en sus manos que Aristide.

Aristide, entonces, no fue más corrupto o sanguinario de lo que fue responsable por el aislamiento económico de Haití.

Una de las verdaderas razones por la cual él ha sido tan consistentemente criticado en la prensa durante las últimas semanas es que la Associated Press y Reuters dependen a su vez de los servicios de alambre de medios locales (por ejemplo: Radio Metropole, Tele-Haiti, Radio Caribe...) que están todos en manos de opositores de Aristide. El fundador de Tele-Haiti, por ejemplo, es Andy Apaid, principal portavoz del Grupo de 184 y uno de los hombres más ricos en el país; este grupo es frecuentemente citado como un componente importante de la oposición al régimen de Aristide y alabado como una representación de la “sociedad civil” reciente de Haití.[29] (En realidad, Apaid fue partidario de Duvalier y permanece como un ciudadano estadounidense que obtuvo un pasaporte haitiano con la mentira de haber nacido en Haití, un país que no permite la doble-ciudadanía en ningún caso; tampoco es una coincidencia que Apaid tenga 15 fábricas en Haití y que se opusiera a la campaña de Aristide el año pasado para aumentar el salario mínimo).

 Otra razón y sin duda la más importante por el envilecimiento de Aristide es el hecho de que él sencillamente nunca aprendió a cooperar con la única ley de la tierra —la necesidad de someterse sin reservas a los intereses comerciales extranjeros. Es verdad que él de mala gana aceptó una serie de severos planes de ajuste del Fondo Monetario Internacional (FMI), ante la consternación de los trabajadores pobres en general y de los agricultores de arroz en particular.[30] Pero Aristide no iba a permitir que esto fuera más lejos. Él se opuso a la privatización indiscriminada de recursos del Estado, y fue firme acerca de los salarios, la educación y la salud.

Lo que sucedió en Haití no es que un jefe que antes tenía principios y era razonable de repente se volvió loco con su poder; la verdad es que un Aristide en grandes líneas consistente consigo mismo nunca estuvo completamente preparado para abandonar todos sus principios.

Lo peor de todo es que Aristide permaneció indeleblemente asociado con lo que quedó de un movimiento popular genuino por el poder económico y político. Por esta razón, era esencial que Aristide fuera no sólo expulsado de la presidencia sino también completamente desacreditado a los ojos de su gente y los del mundo. Como Noam Chomsky ha explicado tan a menudo, la “amenaza de un buen ejemplo” siempre solicita medidas de venganza que no tienen ninguna relación con la importancia estratégica o económica del país del que se trata. Esta es la razón por la cual los jefes del mundo se han unido para aplastar una democracia en nombre de la democracia.


 

* Traducción del inglés de Noé Bautista.

** Profesor de francés en King’s College, Londres, autor de Absolutely Postcolonial (2001).

[1] Como no soy un experto en historia haitiana, he tomado la mayoría de mis referencias históricas de la obra que por buena razón continúa siendo el mejor recurso de este tema, C.L.R. James, The Black Jacobins: Toussaint L”Ouverture and the San Domingo Revolution (Londres, Penguin, 2001; publicado por primera vez en 1938), suplementado por el libro de Patrick Bellegarde-Smith Haiti: The Breached Citadel (Boulder: Westview, 1990), Carolyn Fick, The Making of Haiti: The Saint Domingue Revolution from Below (Knoxville: University of Tennessee Press, 1990), y David Nicholls, From Dessalines to Duvalier: Race, Colour, and National Independence in Haiti (Nuew Brunswick, 1996), junto con todos los materiales que Bob Corbett expone en su excelente página en la red sobre la historia haitiana (http://www.webster.edu/~corbetre/haiti/history/history.htm). Las categorías conceptuales que enmarcan este ensayo le deben mucho al trabajo de Alain Badiou, particularmente su reciente análisis de La Commune de Paris: Une déclaration politique sur la politique (París: Les Conférences du Rouge-Gorge, 2003), parte del cual es traducido en el presente dossier de Metapolítica.

[2] Citado en el libro de Gauthier, Triomphe et mort du droit naturel naturel en Révolution 1789-1795-1802 (París, PUF, 2000), pp. 174-177.

[3] Véase Alain Badiou, Théorie du sujet (París, Seuil, 1982), p. 333. También: “La política emancipatoria siempre consiste en hacer creer que algo es posible precisamente cuando eso es declarado imposible por la situación” (cf. Badiou, “Politics and Philosophy”, Angelaki, vol. 3, núm. 3, 1998, p. 124).

[4] Robin Blackburn, The Overthrow of Colonial Slavery 1776-1848 (Londres, Verso, 1988), p. 258.

[5] Véase Blackburn, The Overthrow of Colonial Slavery, p. 257; James, “Revolution and the Negro” [1939], en Scott McLemee and Paul Le Blanc (eds.), C.L.R. James and Revolutionary Marxism: Selected Writings of C.L.R. James 1939-1949 (Atlantic Highlands, Humanities Press, 1994), p. 86.

[6] James, Black Jacobins, p. 69. Mientras el movimiento de Mackandal de 1757-58 fue organizado desde afuera del sistema de la esclavitud, la insurrección liderada por Boukman, Biassou y Jean-François en 1791 “fue organizada por dentro y por fuera del sistema” (Fick, The Making of Haiti, p. 240). La junta en Morne-Rouge incluía representantes de 100 plantaciones; la mayoría de los lideres “provenían de la clase alta de los esclavos, supervisores, domésticos, y otros” (ibid., p. 244).

[7] Montesquieu, De L”Esprit des lois, libro 15, capitulo 5; Rousseau, Discours sur l”origine de l”inégalité, parte 2; Jaucourt, “Traite des Nègres”, L”Encyclopédie (1766).

[8] Citado en Gauthier, Triomphe et mort du droit naturel, p. 194.

[9] Sin embargo, esto no fue suficiente para detener a Robespierre, que con los Girondinos fuera de su camino, de acusar a Brissot de querer “armar a los negros para destruir las colonias” (Robespierre, carta de noviembre de 1793, citado en Lucien Abenon et al., Antilles 1789: La Revolution aux Caraïbes [París, Nathan, 1989], p. 110).

[10] James, Black Jacobins, pp. 19, 103. Esta presión, James explica, no destruyó por sí sola la sociedad blanca en la isla; más bien, esta sociedad se destruyó a sí misma en su determinación a resistir todo tipo de presión. “La leyenda de que la abolición de la esclavitud destruyó a los blancos es una mentira desvergonzada, típica de la forma en que la reacción intenta encubrir sus crímenes” (p. 103).

[11] Saint-Domingue ni siquiera recibe una mención en el bestseller de Simon Schama Citizens (1989), mientras que François Furet y Mona Ozouf fueron incapaces de encontrar un espacio en su Critical Dictionary of the French Revolution (1989) para Toussaint L’Ouverture.

[12] Alexis de Tocqueville, Travail sur l”Algérie en su Oeuvres complètes (París: Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, 1991), pp. 699, 706.

[13] Raynal, Histoire Philosophique des deux Indes, citado en James, Black Jacobins, p. 20.

[14] Badiou, Saint Paul et la fondation de l”universalisme (París, PUF, 1997), p. 119.

[15] Badiou, “Huit Thèses sur l”universel”, en Jelica Sumic, ed., Universel, singulier, sujet (París, Kimé, 2000), pp. 14-15; Badiou, “La Comuna de París”, en este número de Metapolítica.

[16] Nicholls, From Dessalines to Duvalier, p. xxiii.

[17] Fick, The Making of Haiti, p. 228. Especialmente en el sur del país, Fick demuestra que el esfuerzo militar popular en contra de los franceses era sostenido en gran parte en contra de los Jacobinos negros. En cuanto a Toussaint, James muestra en detalle que su gran falla fue su incapacidad de compartir la autoridad y la responsabilidad con sus seguidores (Black Jacobins, pp. 195, 228-231).

[18] En su énfasis sobre esos factores, la historia de Fick también sirve para corregir la tendencia de Badiou de presentar lo que el llama “el sitio del acontecimiento” es decir, el grupo al que le ha sido negada la representación dentro de la configuración de la situación como no teniendo “nada en común” con el resto de la situación, como conteniendo (desde la perspectiva del estatus quo) ningún elemento que pueda servir para diferenciar a los que forman parte de ese grupo (cf. Badiou, L”Etre et l”événement [París, Seuil, 2003], p. 207). Como generalmente es el caso, los lideres de la rebelión de 1791 que destruyó el viejo orden provenían de capas relativamente privilegiadas de los oprimidos, en otras palabras, de los que habían podido sacar más provecho de los recursos estratégicos de ese orden.

[19] James, “Revolution and the Negro” [1939], en C.L.R. James and Revolutionary Marxism, p. 79.

[20] Dessalines, citado en Nicholls, From Dessalines to Duvalier, p. 38.

[21] James, “From Toussaint L”Ouverture to Fidel Castro,” appendix para The Black Jacobins, p. 305.

[22] Fick, The Making of Haiti, p. 249. Corbett, citando también el libro de Fick, propone una defensa convincente de las reformas de tierra de Boyer. (http://haiti.uhhp.com/history/earlyhaiti/post_revolutionary. html).

[23] Tan severa es la crisis ecológica actual de Haití que Bellegarde-Smith sugiere que “en veinticinco años todo el país será un desierto, según algunos estudios científicos” (Haití, p. 116).

[24] Fick, The Making of Haiti, p. 250.

[25] Véanse los resúmenes de Nicholls sobre el trabajo de Juste Chanlatte, J.S. Milscent y del Baron de Vastey (Nicholls, From Dessalines to Duvalier, p. 41-45; cf. Immanuel Wallerstein y Etienne Balibar, Race, Nation, Class: Ambiguous Identities [Londres, Verso, 1991]). En comparación, la cuestión de la raza recibe poca atención en la historia de James, pues él insiste en el hecho de que “es subsidiaria de la cuestión de la clase en la política, y pensar el imperialismo en términos de raza es desastroso” (Black Jacobins, p. 230).

[26] Citado en Nicholls, From Dessalines to Duvalier, p. 26.

[27] Ibid., p. 5. Como Nicholls señala, el término blanc en el criollo haitiano tiene una connotación de un extranjero de cualquier color, y puede ser aplicado a negros haitianos si parecen o suenan como extranjeros adinerados.

[28] International Coalition of Independent Observers, Elections 2000: Participatory Democracy in Haiti (http://www.quixote.org/haiti/elections).

[29] Yifat Susskind, “Haiti. Insurrection in the Making”, Z Magazine, 25 de febrero, 2004 (http://www.zmag.org/ZNET.htm).

[30] Oxfam Briefing Report, núm. 37, Make Trade Fair for the Americas, 2003, p. 9.