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Hice decir a uno de mis personajes en El péndulo de Foucault,
que la principal actividad de una casa editorial consiste en
perder los manuscritos recibidos. Era una hipérbola que
expresaba, sin embargo, el deseo secreto y el sentimiento de
odio incondicionado que cada redactor editorial prueba hacia los
que escriben manuscritos.
En Italia, los que tienen un manuscrito en el cajón
son simplemente todos. Intentemos hacer un cálculo en
base a la población actual de la península. Excluyamos a los
productores de textos para niños de una edad inferior a la
escolar. No cometamos la ligereza de excluir a los analfabetos
(dada la existencia de etnólogos y grabadoras). No intentemos
ser optimistas sobre los ancianos, moribundos, afásicos,
esquizofrénicos, locos criminales, catatónicos y deprimidos
crónicos (en caso contrario tendremos que cancelar de un golpe a
dos tercios de la literatura mundial). Se puede legítimamente
lanzar la hipótesis de que 50 millones de italianos producen al
menos un manuscrito en el curso de su vida terrena: son 50
millones por generación, es decir, cada veinticinco años.
¿Cuántas son las casas editoriales italianas? Las
mayores se cuentan con la punta de los dedos, pero metamos las
de provincia, las editoriales de las órdenes religiosas y de los
partidos, las tipografías comunales, las cooperativas
universitarias, las casas especializadas en autores que pagan
sus ediciones… Especulemos que sean un centenar. Por lo tanto,
cada veinticinco años una casa editorial recibe en promedio
500,000 manuscritos, que hacen 41,666 al año, 3,472 al mes y 115
al día, aproximadamente.
Los redactores editoriales intentan comprender si un
libro puede ser tomado en consideración después de las primeras
cuatro páginas, pero también si así fuese es fácil comprender
que (a tres minutos por página), nos encontramos con 20 minutos
por autor, lo que hacen 38 horas diarias. Luego, si un
manuscrito no inicia directamente con “mi corazón sufría aquella
mañana”, cuatro páginas no bastan, y con un libro de ensayos,
para darse cuenta que dice puras banalidades, es necesario leer
distintos capítulos. Finalmente, para juzgar que un libro es
trágica e irremediablemente aburrido será necesario aburrirse
leyéndolo todo.
Por lo tanto, es necesario dar los 115 manuscritos
diarios en lectura. No crean que el manuscrito de un desconocido
no puede ser ofrecido al Célebre Crítico, el cual, si es serio,
para leer un libro pide una semana, quiere ser pagado en
proporción y después que lo leyó deberá descansar, porque tiene
otras cosas por hacer. Por consiguiente, los manuscritos son
dados a consultores externos cuyo retrato ejemplar es el de un
señor que conocí, el cual vivía día y noche tirado en la cama,
leyendo los manuscritos que le llegaban, de la primera palabra a
la última. Escribía para cada uno una recensión de tres o cuatro
cuartillas, esmerada, sarcástica y apiadada, ganaba por cada
lectura una suma correspondiente a una comida, y así vivía,
lector honesto, cruel e irritado, siempre desilusionado por no
descubrir al nuevo Proust.
Pongamos que una casa editorial tenga a un Excelso
en su escudería. Este estará hundido por solicitudes de
recomendación. También admitido que logre evitar el ochenta por
ciento, para el veinte por ciento que queda estará obligado a
pasar el manuscrito a su casa editorial con una fuerte carta de
aliento. El redactor editorial, que conoce las presiones a las
cuales está sometido el Autor Excelso, le responde con una carta
y después a la basura. Es un pactum sceleris (jamás
explicitado) entre Autor Excelso y casa editorial.
En pocas palabras, quien manda manuscritos a una
casa editorial está condenado ipso facto a la no
publicación. Muchos tiene miedo de decirlo, pero esta es la
verdad. Cada vez que le explico a un joven aspirante a autor
responde irritado y desdeñoso, como si yo buscase cortarle las
alas a un genio.
¿Entonces, de dónde vienen los libros que los editores publican?
De autores conocidos, también si están en su primera obra. Una
casa editorial te toma en consideración sólo si ya te conoce.
También si te recomienda el Autor Excelso, te escuchará sólo si
ya te conocía.
La literatura y la actividad cultural en general,
son actividades sociales. No existe el autor solitario y
desconocido (existe el autor póstumo, como Lampedusa, pero
cuando vivía frecuentaba escritores y todos sabían que era un
literato finísimo). Un escritor entiende qué cosa está haciendo
si se mide con quien ya ha hecho y escucha sus juicios. Si
alguno tenía algo por decir se habrá puesto a prueba en una
revista menor, habrá participado en algún congreso, discusión,
conferencia, reunión de cena, tendrá amigos con quien habrá
discutido y polemizado. Y lentamente su nombre comenzará a
circular y el redactor editorial comenzará a conocerlo. A tal
punto que (esta es mi historia, pero no quiero ofrecerla como
modelo universal) el autor destinado al éxito jamás ha mandado
–ni siquiera de joven- manuscritos a una casa editorial. Espera
que un redactor le llame por teléfono y le diga: “Oye, ¿sabes
que las cosas que haz escrito sobre aquella revista son
interesantes? ¿Por qué no intentas hacer un libro con ellas?”.
Esto necesita tiempo, humildad y paciencia. Cosa que
el manuscritario no tiene. No acepta la idea de que Kant haya
publicado la Crítica de la razón pura cuando se
aproximaba a los sesenta años. Porque no sabe cuanto Kant había
escrito antes, en un primer momento calladamente, luego para los
círculos de lectores especializados siempre más amplios,
humildemente, sin pretender de inmediato ser el autor de la
revolución copérnica de la filosofía moderna.
Piénsese si cada uno de los 50 millones de
manuscritarios italianos siguieran el camino justo. ¿En dónde
terminarían la prudente selección natural sobre la cual se rige
la vida editorial? Para tener una jirafa con el cuello largo,
adaptada a su propio ambiente, cuántas jirafas con el cuello
corto han muerto en el curso de los siglos… Y para tener
Mallarmé (o Mann o Eliot o Calvino) es necesario enfrentar la
tragedia de millones de manuscritos destruidos. En literatura no
existe democracia. Que después sean publicados también muchos
libros de ínfima calidad, es otra historia. Si las democracias
son imperfectas, imaginemos las autocracias.
Umberto Eco es semiólogo y escritor italiano. El presente texto
es el prólogo al libro de Fabio Mauri, I 21 modi di non
pubblicare un libro, Boloña, il Mulino, 1990. Traducción del
italiano de Israel Covarrubias González. |