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QUIÉN MANUSCRIBE ESTÁ PERDIDO

Umberto Eco

 

Hice decir a uno de mis personajes en El péndulo de Foucault, que la principal actividad de una casa editorial consiste en perder los manuscritos recibidos. Era una hipérbola que expresaba, sin embargo, el deseo secreto y el sentimiento de odio incondicionado que cada redactor editorial prueba hacia los que escriben manuscritos.

            En Italia, los que tienen un manuscrito en el cajón son simplemente todos. Intentemos hacer un cálculo en base a la población actual de la península.  Excluyamos a los productores de textos para niños de una edad inferior a la escolar. No cometamos la ligereza de excluir a los analfabetos (dada la existencia de etnólogos y grabadoras). No intentemos ser optimistas sobre los ancianos, moribundos, afásicos, esquizofrénicos, locos criminales, catatónicos y deprimidos crónicos (en caso contrario tendremos que cancelar de un golpe a dos tercios de la literatura mundial). Se puede legítimamente lanzar la hipótesis de que 50 millones de italianos producen al menos un manuscrito en el curso de su vida terrena: son 50 millones por generación, es decir, cada veinticinco años.

            ¿Cuántas son las casas editoriales italianas? Las mayores se cuentan con la punta de los dedos, pero metamos las de provincia, las editoriales de las órdenes religiosas y de los partidos, las tipografías comunales, las cooperativas universitarias, las casas especializadas en autores que pagan sus ediciones… Especulemos que sean un centenar. Por lo tanto, cada veinticinco años una casa editorial recibe en promedio 500,000 manuscritos, que hacen 41,666 al año, 3,472 al mes y 115 al día, aproximadamente.

            Los redactores editoriales intentan comprender si un libro puede ser tomado en consideración después de las primeras cuatro páginas, pero también si así fuese es fácil comprender que (a tres minutos por página), nos encontramos con 20 minutos por autor, lo que hacen 38 horas diarias. Luego, si un manuscrito no inicia directamente con “mi corazón sufría aquella mañana”, cuatro páginas no bastan, y con un libro de ensayos, para darse cuenta que dice puras banalidades, es necesario leer distintos capítulos. Finalmente, para juzgar que un libro es trágica e irremediablemente aburrido será necesario aburrirse leyéndolo todo.

            Por lo tanto, es necesario dar los 115 manuscritos diarios en lectura. No crean que el manuscrito de un desconocido no puede ser ofrecido al Célebre Crítico, el cual, si es serio, para leer un libro pide una semana, quiere ser pagado en proporción y después que lo leyó  deberá descansar, porque tiene otras cosas por hacer. Por consiguiente, los manuscritos son dados a consultores externos cuyo retrato ejemplar es el de un señor que conocí, el cual vivía día y noche tirado en la cama, leyendo los manuscritos que le llegaban, de la primera palabra a la última. Escribía para cada uno una recensión de tres o cuatro cuartillas, esmerada, sarcástica y apiadada, ganaba por cada lectura una suma correspondiente a una comida, y así vivía, lector honesto, cruel e irritado, siempre desilusionado por no descubrir al nuevo Proust.

            Pongamos que una casa editorial tenga a un Excelso en su escudería. Este estará hundido por solicitudes de recomendación. También admitido que logre evitar el ochenta por ciento, para el veinte por ciento que queda estará obligado a pasar el manuscrito a su casa editorial con una fuerte carta de aliento. El redactor editorial, que conoce las presiones a las cuales está sometido el Autor Excelso, le responde con una carta y después a la basura. Es un pactum sceleris (jamás explicitado) entre Autor Excelso y casa editorial.              

            En pocas palabras, quien manda manuscritos a una casa editorial está condenado ipso facto a la no publicación. Muchos tiene miedo de decirlo, pero esta es la verdad. Cada vez que le explico a un joven aspirante a autor responde irritado y desdeñoso, como si yo buscase cortarle las alas a un genio.

¿Entonces, de dónde vienen los libros que los editores publican? De autores conocidos, también si están en su primera obra. Una casa editorial te toma en consideración sólo si ya te conoce. También si te recomienda el Autor Excelso, te escuchará sólo si ya te conocía.

            La literatura y la actividad cultural en general, son actividades sociales. No existe el autor solitario y desconocido (existe el autor póstumo, como Lampedusa, pero cuando vivía frecuentaba escritores y todos sabían que era un literato finísimo). Un escritor entiende qué cosa está haciendo si se mide con quien ya ha hecho y escucha sus juicios. Si alguno tenía algo por decir se habrá puesto a prueba en una revista menor, habrá participado en algún congreso, discusión, conferencia, reunión de cena, tendrá amigos con quien habrá discutido y polemizado. Y lentamente su nombre comenzará a circular y el redactor editorial comenzará a conocerlo. A tal punto que (esta es mi historia, pero no quiero ofrecerla como modelo universal) el autor destinado al éxito jamás ha mandado –ni siquiera de joven- manuscritos a una casa editorial. Espera que un redactor le llame por teléfono y le diga: “Oye, ¿sabes que las cosas que haz escrito sobre aquella revista son interesantes? ¿Por qué no intentas hacer un libro con ellas?”.

            Esto necesita tiempo, humildad y paciencia. Cosa que el manuscritario no tiene. No acepta la idea de que Kant haya publicado la Crítica de la razón pura cuando se aproximaba a los sesenta años. Porque no sabe cuanto Kant había escrito antes, en un primer momento calladamente, luego para los círculos de lectores especializados siempre más amplios, humildemente, sin pretender de inmediato ser el autor de la revolución copérnica de la filosofía moderna.

            Piénsese si cada uno de los 50 millones de manuscritarios italianos siguieran el camino justo. ¿En dónde terminarían la prudente selección natural sobre la cual se rige la vida editorial? Para tener una jirafa con el cuello largo, adaptada a su propio ambiente, cuántas jirafas con el cuello corto han muerto en el curso de los siglos… Y para tener Mallarmé (o Mann o Eliot o Calvino) es necesario enfrentar la tragedia de millones de manuscritos destruidos. En literatura no existe democracia. Que después sean publicados también muchos libros de ínfima calidad, es otra historia. Si las democracias son imperfectas, imaginemos las autocracias.

 

Umberto Eco es semiólogo y escritor italiano. El presente texto es el prólogo al libro de Fabio Mauri, I 21 modi di non pubblicare un libro, Boloña, il Mulino, 1990. Traducción del italiano de Israel Covarrubias González.