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Canadá acaba de tener elecciones el lunes 28 de junio, y
Moore nos visitó para acelerar el estreno de su película y
con ello inspirar a los canadienses a votar en contra de
Steven Harper, representante del partido conservador y,
muchos dicen, clon de George W. Bush.
Tal vez haya sido el anti-americanismo que aquí impera, o
tal vez el sentido común, y en mínima medida este
documental, pero los canadienses (especialmente en Ontario)
votaron de nuevo por los Liberales, y con ello mostraron su
rechazo hacia las políticas de tipo proyanki que Harper
tenía pensado instaurar aquí. Después de haber visto
Fahrenheit 9/11, y de haber vivido en Texas durante dos
años, no puedo más que sentirme afortunada y agradecida
porque, por el momento, Canadá sigue siendo muy diferente a
Estados Unidos, y si en algo Michael Moore tuvo que ver con
respecto al resultado de las votaciones, y si en algo
influye las que se llevarán a cabo en su país dentro de
poco, creo que los ciudadanos responsables que amamos este
planeta le deberemos, al menos, una notita de esas Hallmark
diciendo “Muchas Gracias”.
Gracias, porque con este documental se ponen en evidencia,
con una bravura y un desenfado fuera de serie, los vínculos
entre los Bush y los Bin Ladens que Moore ya había
denunciado en su libro Dude, Where Is My Country?.
Gracias, porque demuestra que la guerra de Irak fue sólo una
fachada para hacer un jugoso negocio. Gracias, porque expone
imágenes que él mismo recibió o consiguió y que de otra
forma no habríamos visto. Gracias, porque después de ver
esta película nadie puede seguir creyendo en nada de lo que
George W. Bush, o su padre, o sus allegados políticos,
digan. Y esto es benefico para todos los países que, en
mayor o menor medida, somos víctimas de los abusos
económicos, sociales y militares de este país que se ha
convertido en un invasor irrefrenable, defendiendo valores
que no tiene, con argumentos tan falsos como su integridad.
Fahrenheit 9/11
es una película larga, que muestra la reacción de George W.
Bush cuando, en medio de un grupo de niños de primaria, le
avisan que las Torres Gemelas de Nueva York acaban de ser
atacadas con aviones. Cuentan que una imagen dice más que
mil palabras: su mirada vacía, atónita, de absoluta
imbecilidad, desnudándose a través de sus simiescos ojos, es
impresionante. Su pasividad, aterradora.
En manos de este hombre irresponsable —que de excelente
fuente sé que cada fin de semana se iba a emborrachar a
Matamoros cuando su padre era Gobernador de Texas, que no
fue capaz de tener éxito en ningún negocio propio, y que no
es más que un “hijito de papi”— han estado las vidas de
miles de personas que han muerto en una guerra sin sentido
ni razón. En una guerra que no es más que un buen negocio
para enriquecer a los que ya de por sí son millonarios.
La avaricia no tiene límite, pero tiene hogar y ahora está
instalada en la Casa Blanca. Si la película de Moore logra
que los estadounidenses que tienen un poco de dignidad y
amor por su país, voten en su contra, y lo echan del recinto
presidencial, entonces su misión estará cumplida, y el mundo
será, efectivamente, un lugar mejor (¿qué, no fue eso lo que
dijo Bush cuando atraparon a Saddam Hussein?, ¿qué el mundo
ahora era mejor? No, el mundo sólo será mejor cuando Bush
deje de ser el hombre más abusivo, más ignorante y, por lo
tanto, el más peligroso al frente de un país con tanto
poder).
Con escenas reales, de soldados en Irak contando sus
experiencias, de los veteranos de guerra que han perdido
manos y piernas, de los padres y hermanos de los muertos no
sólo estadounidenses, sino iraquíes, esta película tiene una
alta carga no sólo política, sino también humana. ¿Quiénes
han ido a la guerra? Los pobres, las minorías, los jóvenes
adolescentes de clase media y baja a quienes reclutan en
centros comerciales y les prometen una educación que bien
les puede costar la vida o su salud mental por lo menos. Un
joven soldado lo dice claramente, con una tristeza que
desarma: “No puedes matar a alguien sin que con eso pierdas
una parte de lo que eras, y mates una parte de ti también”.
Los bebés, los niños calcinados, heridos, las mujeres
aterrorizadas, no necesitan hablar en un idioma que
entendamos para que su sufrimiento sea comprensible y
contagioso.
Moore pregunto: ¿quién está a favor de enviar a su hijo a
morir en esta guerra? Ninguno de los congresistas
estadounidenses, eso sí, porque cuando Moore se les acerca
para ofrecerles reclutar a sus peques en el ejercito, todos
salen literalmente huyendo del lugar. No Bush, que tiene a
sus gemelas sanas y salvas en casita. Moore pone en
evidencia que Estados Unidos está en manos de hombres
cobardes y mentirosos. Y en mi opinión, Moore también pone
en evidencia su inmenso patriotismo, porque sólo amando
tanto a su país puede dedicarse a esta búsqueda frenética de
datos, imágenes, cifras, notas periodísticas, estadísticas,
para convertirlas en una denuncia que, sí, es completamente
anti-Bush y en ese sentido puede calificarse de poco
objetiva, pero que no deja de ser una obra de arte.
El jurado en Cannes no se equivocó. Fahrenheit 9/11
no es propaganda política ni un panfleto lacrimógeno: es un
espejo en el que los estadounidenses podrán ver reflejado lo
que han hecho desde que permitieron que Bush usurpara las
elecciones del 2000. Y es un mosaico tan bien hecho, tan
bien armado, que refleja la vida, la sangre y la piel, hace
reír y hace llorar, pero sobre todo enciende la conciencia.
Esta es una película cuya intención es incendiaria,
ciertamente: quemar la reputación de Bush y su familia, de
todo su equipo, y abrir los ojos hacia aquella parte oculta
de la historia. Y todo esto está inmerso, protegido, por un
velo artístico, por una sensibilidad que logró que las
imágenes cayeran con precisión de relojero una tras otra,
que las palabras fueran exactas y los golpes certeros, y que
todo cuajara en una estupenda cinta que ilustra, conmueve y
altera.
Fahrenheit 9/11
le está dando la vuelta al mundo en este momento. Aquellas
personas que ya sentían aversión por los Estados Unidos y su
política actual, tendrán en ella argumentos para inflamar su
desprecio. Aquellas que han sido indiferentes, tal vez ahora
deban dejar de serlo y tomen una posición definida. Lo que
sí es cierto, es que nadie sale del cine igual que como
entró. Tras los aplausos que la película recibió en mi sala
de matinée de martes, mucha gente salió llorando. Yo, por
ejemplo, que vi en el aeropuerto de San Antonio, antes de
irme de ahí, a un grupo de jovencitos vestidos de soldados a
punto de partir hacia Irak, y que no he podido olvidar sus
caras infantiles, porque ninguno habrá tenido más de
dieciocho años.
Yo, que viví atemorizada en territorio estadounidense con
sus alertas amarillas, naranjas y rojas, con la paranoia
permanente de que una nueva bomba o un nuevo avión se
estrellaran cerca. Yo, que veía los noticieros mexicanos
desde mi casa en Estados Unidos, y me daba cuenta de cómo
los gringos tenían censurados sus programas informativos,
porque mientras Eduardo Salazar mostraba una escena
completa, al otro lado de la frontera los gringos mostraban
la misma, pero cortada a la mitad. Yo, que tengo dos
pequeñas y jamás quisiera estar en los zapatos de una de
esas madres que ha perdido a sus hijos, iraquíes o
estadounidenses o ingleses o de cualquier nacionalidad, en
un combate sin sentido, donde sólo ganan aquéllos que ya lo
tienen todo, pero quieren más. Esta película se merece los
aplausos que recibe al final. Y sí, si se puede criticar
entonces hay que decir que no es objetiva. Pero su
objetividad no es la meta. La meta es quemar a Bush como a
un Judas en día de fiesta mexicana. Y si lo logra, yo me voy
a tomar un tequila a la salud de Michael Moore.
Martha Bátiz Z. |