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FAHRENHEIT 9/11. LA PELÍCULA

  No hace ni una hora que salí del cine de ver la nueva película de Michael Moore, Fahrenheit 9/11, en una función de matinée de martes que estaba casi llena. No sólo en Estados Unidos batió récord de taquilla en su fin de semana de estreno este documental que acaba de ganar la Palma de Oro de Cannes, sino que aquí, en Toronto y los suburbios, las funciones estuvieron agotadas el viernes y el sábado, incluso en los cines donde la exhibían en más de una sala.
 

Canadá acaba de tener elecciones el lunes 28 de junio, y Moore nos visitó para acelerar el estreno de su película y con ello inspirar a los canadienses a votar en contra de Steven Harper, representante del partido conservador y, muchos dicen, clon de George W. Bush.

Tal vez haya sido el anti-americanismo que aquí impera, o tal vez el sentido común, y en mínima medida este documental, pero los canadienses (especialmente en Ontario) votaron de nuevo por los Liberales, y con ello mostraron su rechazo hacia las políticas de tipo proyanki que Harper tenía pensado instaurar aquí. Después de haber visto Fahrenheit 9/11, y de haber vivido en Texas durante dos años, no puedo más que sentirme afortunada y agradecida porque, por el momento, Canadá sigue siendo muy diferente a Estados Unidos, y si en algo Michael Moore tuvo que ver con respecto al resultado de las votaciones, y si en algo influye las que se llevarán a cabo en su país dentro de poco, creo que los ciudadanos responsables que amamos este planeta le deberemos, al menos, una notita de esas Hallmark diciendo “Muchas Gracias”.

Gracias, porque con este documental se ponen en evidencia, con una bravura y un desenfado fuera de serie, los vínculos entre los Bush y los Bin Ladens que Moore ya había denunciado en su libro Dude, Where Is My Country?. Gracias, porque demuestra que la guerra de Irak fue sólo una fachada para hacer un jugoso negocio. Gracias, porque expone imágenes que él mismo recibió o consiguió y que de otra forma no habríamos visto. Gracias, porque después de ver esta película nadie puede seguir creyendo en nada de lo que George W. Bush, o su padre, o sus allegados políticos, digan. Y esto es benefico para todos los países que, en mayor o menor medida, somos víctimas de los abusos económicos, sociales y militares de este país que se ha convertido en un invasor irrefrenable, defendiendo valores que no tiene, con argumentos tan falsos como su integridad.

Fahrenheit 9/11 es una película larga, que muestra la reacción de George W. Bush cuando, en medio de un grupo de niños de primaria, le avisan que las Torres Gemelas de Nueva York acaban de ser atacadas con aviones. Cuentan que una imagen dice más que mil palabras: su mirada vacía, atónita, de absoluta imbecilidad, desnudándose a través de sus simiescos ojos, es impresionante. Su pasividad, aterradora.

En manos de este hombre irresponsable —que de excelente fuente sé que cada fin de semana se iba a emborrachar a Matamoros cuando su padre era Gobernador de Texas, que no fue capaz de tener éxito en ningún negocio propio, y que no es más que un “hijito de papi”— han estado las vidas de miles de personas que han muerto en una guerra sin sentido ni razón. En una guerra que no es más que un buen negocio para enriquecer a los que ya de por sí son millonarios.

La avaricia no tiene límite, pero tiene hogar y ahora está instalada en la Casa Blanca. Si la película de Moore logra que los estadounidenses que tienen un poco de dignidad y amor por su país, voten en su contra, y lo echan del recinto presidencial, entonces su misión estará cumplida, y el mundo será, efectivamente, un lugar mejor (¿qué, no fue eso lo que dijo Bush cuando atraparon a Saddam Hussein?, ¿qué el mundo ahora era mejor? No, el mundo sólo será mejor cuando Bush deje de ser el hombre más abusivo, más ignorante y, por lo tanto, el más peligroso al frente de un país con tanto poder).

Con escenas reales, de soldados en Irak contando sus experiencias, de los veteranos de guerra que han perdido manos y piernas, de los padres y hermanos de los muertos no sólo estadounidenses, sino iraquíes, esta película tiene una alta carga no sólo política, sino también humana. ¿Quiénes han ido a la guerra? Los pobres, las minorías, los jóvenes adolescentes de clase media y baja a quienes reclutan en centros comerciales y les prometen una educación que bien les puede costar la vida o su salud mental por lo menos. Un joven soldado lo dice claramente, con una tristeza que desarma: “No puedes matar a alguien sin que con eso pierdas una parte de lo que eras, y mates una parte de ti también”.

Los bebés, los niños calcinados, heridos, las mujeres aterrorizadas, no necesitan hablar en un idioma que entendamos para que su sufrimiento sea comprensible y contagioso.

Moore pregunto: ¿quién está a favor de enviar a su hijo a morir en esta guerra? Ninguno  de los congresistas estadounidenses, eso sí, porque cuando Moore se les acerca para ofrecerles reclutar a sus peques en el ejercito, todos salen literalmente huyendo del lugar. No Bush, que tiene a sus gemelas sanas y salvas en casita. Moore pone en evidencia que Estados Unidos está en manos de hombres cobardes y mentirosos. Y en mi opinión, Moore también pone en evidencia su inmenso patriotismo, porque sólo amando tanto a su país puede dedicarse a esta búsqueda frenética de datos, imágenes, cifras, notas periodísticas, estadísticas, para convertirlas en una denuncia que, sí, es completamente anti-Bush y en ese sentido puede calificarse de poco objetiva, pero que no deja de ser una obra de arte.

El jurado en Cannes no se equivocó. Fahrenheit 9/11 no es propaganda política ni  un panfleto lacrimógeno: es un espejo en el que los estadounidenses podrán ver reflejado lo que han hecho desde que permitieron que Bush usurpara las elecciones del 2000. Y es un mosaico tan bien hecho, tan bien armado, que refleja la vida, la sangre y la piel,  hace reír y hace llorar, pero sobre todo enciende la conciencia. Esta es una película cuya intención es incendiaria, ciertamente: quemar la reputación de Bush y su familia, de todo su equipo, y abrir los ojos hacia aquella parte oculta de la historia. Y todo esto está inmerso, protegido, por un velo artístico, por una sensibilidad que logró que las imágenes cayeran con precisión de relojero una tras otra, que las palabras fueran exactas y los golpes certeros, y que todo cuajara en una estupenda cinta que ilustra, conmueve y altera.

Fahrenheit 9/11 le está dando la vuelta al mundo en este momento. Aquellas personas que ya sentían aversión por los Estados Unidos y su política actual, tendrán en ella argumentos para inflamar su desprecio. Aquellas que han sido indiferentes, tal vez ahora deban dejar de serlo y tomen una posición definida. Lo que sí es cierto, es que nadie sale del cine igual que como entró. Tras los aplausos que la película recibió en mi sala de matinée de martes, mucha gente salió llorando. Yo, por ejemplo, que vi en el aeropuerto de San Antonio, antes de irme de ahí, a un grupo de jovencitos vestidos de soldados a punto de partir hacia Irak, y que no he podido olvidar sus caras infantiles, porque ninguno habrá tenido más de dieciocho años.

Yo, que viví atemorizada en territorio estadounidense con sus alertas amarillas, naranjas y rojas, con la paranoia permanente de que una nueva bomba o un nuevo avión se estrellaran cerca. Yo, que veía los noticieros mexicanos desde mi casa en Estados Unidos, y me daba cuenta de cómo los gringos tenían censurados sus programas informativos, porque mientras Eduardo Salazar mostraba una escena completa, al otro lado de la frontera los gringos mostraban la misma, pero cortada a la mitad. Yo, que tengo dos pequeñas y jamás quisiera estar en los zapatos de una de esas madres que ha perdido a sus hijos, iraquíes o estadounidenses o ingleses o de cualquier nacionalidad, en un combate sin sentido, donde sólo ganan aquéllos que ya lo tienen todo, pero quieren más. Esta película se merece los aplausos que recibe al final. Y sí, si se puede criticar entonces hay que decir que no es objetiva. Pero su objetividad no es la meta. La meta es quemar a Bush como a un Judas en día de fiesta mexicana. Y si lo logra, yo me voy a tomar un tequila a la salud de Michael Moore. 

Martha Bátiz Z.