ELÍAS CANETTI: UN PENSADOR DESUBICADO

Agapito Maestre / Catedrático de Filosofía Política en la Universidad Complutense, España

 

Escritor incómodo, pensador torturado y ensayista impreciso son otras tantas maneras de hablar sobre un autor difícil, casi imposible, de ubicar. Para los más académicos, aunque recibió el Nobel de literatura, Canetti es un autor menor, con una obra poco equilibrada y, lo que es peor, incomprensible por su exagerada y arrogante voluntad de originalidad. Querer decir algo nuevo sin recurrir a la ciencia de su tiempo sería el gran pecado de Canetti. Otros, acomplejados por el enciclopedismo academicista, lo han convertido en un autor de culto, accesible únicamente para quien tenga una sensibilidad tan artística como crítica con las miserias de la triste condición humana. Canetti siempre se resiste a las lecturas esquemáticas. ¡Inclasificable! Sin embargo, quizá sea éste un atractivo más para quien ha hecho de la escritura, a veces del estilo, una forma sorprendente de pensamiento. Quizá porque careció de un territorio propio, pudo visitarlos todos. Quizá porque quiso profundizar en la diversificación judía, hizo de la geografía su primera compañía. Quizá porque tuvo conciencia de las palabras, nos enseñó que éstas son tanto pensamientos como medios de comunicación. Vivió casi todo el siglo XX, nació en 1905 y murió en 1994, pero a pesar de su dilatada vida no resulta fácil hallar comentarios precisos sobre su ubicación en el pensamiento contemporáneo. Imposible, por ejemplo, encontrar referencias de su obra en diccionarios de filosofía o ciencias sociales. A la hora de comentar sus obras fundamentales tampoco las historias de la literatura son prolijas sobre la tradición, el ámbito intelectual y herederos que hoy sobreviven a Canetti.

Por supuesto, sus más perspicaces estudiosos no dejan de apostar por uno de los múltiples escritores que se alojan en su obra, pero son incapaces de dilucidar cuál de ellos es el mejor y más original, cuál el más detestable y obtuso, cuál el más inoportuno y destrabado para un tiempo que ya no es el suyo. Los lectores especializados en la obra de Canetti, especialmente los académicos, creen resolverlo todo “contextualizando” (horrible palabra utilizada por sus lectores a palo) al escritor en la Viena de Kraus y Musil... No parecen dispuestos a reconocer que es un autor desubicado, pues, al fin, lo sitúan entre los epígonos de la cultura centroeuropea que tuvo su principal desarrollo en torno a la Viena de finales del XIX y primeras décadas del XX. Sería, como dice el germanista italiano Claudio Magris, el último superviviente de la cultura centroeuropea que en el período de entreguerras creó una literatura “lateral”, en terminología de Manês Sperber, otros dirán marginal, pero rigurosamente racionalista ―no se debe olvidar, como ha recordado Steiner, la formación científica de Canetti―, para mostrar el delirio contemporáneo. Esta caracterización, sin embargo, parece olvidar que una parte decisiva de la obra de Canetti, a diferencia de Kraus, Musil y Roth que utilizaron toda su energía para salvar a Austria, se llevó a cabo durante y después de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya había desaparecido la cultura vienesa que sus predecesores defendían. El desastre de la civilización europea es criticado por Canetti con unas coordenadas muy distintas a las de sus maestros, aunque sin duda alguna pervive en aquel el espíritu de la cultura vienesa defendido por éstos, que el historiador Friederich Heer sintetizó, en 1947, al decir: “Si los europeos quieren vivir juntos deben renunciar a muchas cosas: a la necedad de tener siempre la razón, al deseo de imponer su discurso sobre todos los demás, a la sensación de ser los únicos. La cultura vienesa, hay que recordarlo, supo siempre cuestionar la obsesión por el poder: propuso la vieja sabiduría de convivir con ideas contrarias y pueblos enemigos, renegó del progreso lineal de las sociedades, y vio en la crítica el único instrumento del futuro”.

Posiblemente sea verdad que esa tradición “crítica”, aunque a veces diste mucho de estar justificada, es lo que sigue haciendo atractiva a la cultura vienesa en general, y a la obra de Canetti en particular. Pero esto, en mi opinión, no parece un argumento fuerte para explicar por qué en los últimos tiempos, venga o no a cuento, pocos “críticos” profesionales me refiero a los hombres-masa, según el estricto sentido que dio Ortega a esta expresión, especialmente los dedicados a la divulgación de ideas o de “cualquier” historia del espíritu del siglo pasado, se privan de citar en alguna ocasión el famoso libro de Canetti, publicado en 1960, Masa y poder. ¡He ahí el poder, acaso el fracaso, de las palabras de los no ubicados en nichos académicos concretos y visibles! Pueden ser utilizados sin excesivos rigores intelectuales por quienes, como los hombres-masa, viven impermeabilizados para recibir ideas. Por desgracia, ciertas palabras y hasta conceptos de Canetti forman parte de los tópicos de esos “felices” y dañinos “críticos” de la cultura, que decidieron hace tiempo que ya no tenían que pensar por su cuenta. Por suerte, ¡cómo silenciarlo!, Canetti es también un autor que nos da, incluso a manos llenas, la posibilidad de pensar sin esquemas previos o desgastados por su utilización ideológica.

“Ubicar” a Canetti entre los no ubicables, o sea, decir que Canetti no tiene un territorio propio, no significa sin embargo negarle una tradición. En efecto, el propio Canetti, cuando recibió el Premio Nobel de literatura, en 1981, reconoció sus deudas con los maestros austriacos Kraus, Kafka, Musil y Broch. Y también expresó sus simpatías por algunas ciudades y, de modo más general, por Europa, aunque no fue menos claro al decir que anhelaba un lugar dónde ubicarse; o, lo que es lo mismo, antes que ciudadano de un determinado país, dice Canetti, más le debe a una ciudad que ha deseado conocer, con la que siempre ha soñado inútilmente. La cita de Canetti es larga pero muy significativa para comprender sus señas de identidad y su melancólico anhelo por ocupar un lugar inexistente, que jamás confundiría con el reino de la “utopía”:

 

“Nosotros le debemos mucho a una ciudad que conocemos; pero más le debemos a una ciudad que hemos deseado conocer, con la que siempre hemos soñado inútilmente. Hay en la vida de una persona, creo yo, dioses urbanos singulares ―seres nutridos en la amenaza, la transfiguración o la inmensidad de su superficie. Estos dioses han sido para mí, siempre tres: Viena, Londres y Zürich.

El azar ha querido que sean estas tres ciudades, pero el azar todavía se llama Europa. Tenemos mucho que reprocharle a este continente ―pues casi todo ha salido de él y la sombra atómica que se cierne sobre nosotros nos hace temer en primer lugar por Europa. Este continente, al que debemos tanto, lleva una enorme culpa en sus entrañas, y necesita tiempo para expiar sus pecados. Hay que desear apasionadamente que le llegue ese tiempo; una época en que las acciones benéficas se prodiguen por toda la tierra, de modo que nadie vuelva a tener razón para temer o maldecir el nombre de Europa.

A esta Europa tardía, a la auténtica Europa, pertenecen cuatro escritores de quienes no he podido separarme a lo largo de mi vida. A ellos les debo, sin duda, el estar hoy ante ustedes. El primero es Karl Kraus, el más grande escritor satírico en lengua alemana. Kraus me enseñó a escuchar: sentía una devoción infalible por los sonidos de Viena. Además, y esto es lo más importante, me vacunó contra el virus de la guerra. Una vacuna que entonces era necesaria para muchos. Ahora, después de Hiroshima, todos saben qué significa la guerra. Y que todos lo sepan es nuestra única esperanza.

El segundo es Franz Kafka. A este hombre le fue concedido transformarse en lo más pequeño y, de este modo, escapar del poder. Acompañé a Kafka en esta aventura, la más importante de todas. A los otros dos, Robert Musil y Hermann Broch, los conocí en Viena. La obra de Musil todavía me fascina y, quizá, la entendí del todo durante los últimos años. Por aquel entonces en Viena sólo se conocían fragmentos. De Robert Musil aprendí lo más difícil: escribir una obra durante decenios sin saber si uno la puede concluir. Una reciedumbre, hecha principalmente de paciencia, que presupone una necedad casi inhumana.

Hermann Broch fue mi amigo. No creo que su obra haya influido en mis proyectos. Pero en esa amistad conocí el talento que permitió a Broch terminar su obra. Ese talento era una especie de memoria que respira. Desde entonces pensé mucho en la respiración, y esa actividad ha sido, para mí, definitiva.

Sería imposible no mencionarlos. Si alguno de ellos viven, sin duda ocuparía mi lugar esta noche. Les agradezco de todo corazón este reconocimiento. Creo que sólo puedo aceptarlo si antes reconozco frente a ustedes mi deuda con estos cuatro escritores”.

 

Y a pesar de este reconocimiento público, de esta deuda declarada con la literatura austriaca, de todo un premio Nobel de literatura nacido en Rutschuk (actualmente Ruse), un puerto fluvial a orillas del Danubio, en Bulgaria, nadie parece atreverse a decirnos de modo claro y distinto, incluido el propio autor, cuál es su lugar en la historia del espíritu del siglo XX. Y es que quizá la clave del pensamiento de Canetti es que no tiene clave. ¡Su territorio desapareció! ¡No hay lugar para la obra de Canetti! Descifrar, sin embargo, el poderío intelectual de esa especie de territorio sin suelo, de algo que, según el juego existencialista, no existe pero es, ha sido la principal tarea de la obra de Canetti. La “novelación” de su vida a través de “La lengua absuelta”, “La antorcha al oído” y “El juego del ojo” son tres ejemplos de unas memorias para situar una biografía en una época, o mejor, para saber que una forma de vida, una experiencia o conocimiento de “la masa desde dentro”, está más o menos situada en un pensamiento nuevo. Su obsesión fue decir algo original sobre la masa: “Al escribir Masa y poder no quería escribir un libro basado en la investigación científica actual, sino más bien que fuera el producto de una reflexión nueva sobre el tema. Y por esa misma razón no tuve necesidad alguna de examinar minuciosamente toda esa literatura. Lo que me importaba era tener en cuenta todo aquello que pudiera conducirme a reflexiones nuevas”.

En verdad, toda la obra y la vida de Canetti gira en torno a esta cuestión, por eso, independientemente de otras apreciaciones sobre sus otros libros, Masa y poder no sólo es su principal obra, sino que todo lo demás es una preparación o un intento de explicación de este “instinto de masa”, que es, según Canetti, junto a la libido o el hambre, determinante para entender al hombre. Auto de fe, su primera y única novela, publicada en 1935, adelanta los aspectos centrales de la relación entre Masa y poder. La masa aparece como animal exuberante que transforma y agita lo más profundo de los hombres. El protagonista Kien presiente que las masas se vuelven contra nosotros. Son, por utilizar una metáfora de sus comentaristas, como un océano embravecido y furioso, pero en el que cada una de sus gotas está viva. El ejemplo del gato y ratón para distinguir la violencia (Gewalt) del poder (Macht), por dar sólo un detalle de cómo está preparándose ya el texto cumbre de Canetti, se repite en las dos obras: “Mi deseo más grande es ver algún día cómo un ratón devora a un gato con vida. Pero debe jugar antes con el gato largo tiempo”. Aunque fue alabada por Musil y Thomas Mann, la novela tuvo muy poco éxito en sus dos primeras ediciones ―1935 y 1948. Pero después de haber publicado Masa y poder, la tercera edición de Auto de fe se agotó muy pronto, y eso que Enzensberger, en agosto de 1963, escribió un largo trabajo calificándola de monstruo literario, un texto largo, horriblemente monótono y con una prosa insolvente. Después de esa novela, el escritor Canetti ya sólo escribe ensayos y, sobre todo, los tres volúmenes de su autobiografía que tratan de explicar una y otra vez el principal tema de preocupación de toda su vida, que sólo se verá desplazado, según puede leerse en uno de sus apuntes de 1982, por la cuestión de la muerte: “Ya no estás obsesionado con la masa. Ya no te empeñas en inventar recetas para su buen comportamiento y su bienestar. Estás más obsesionado que nunca con la muerte. La muerte en masa ha absorbido para ti a la masa. Tu propia muerte ya no es más que indiferente. Está absolutamente claro que es únicamente cuestión de la muerte en general”.

En realidad, el tema de la muerte es inseparable de los asuntos de la masa y el poder. La cuestión central de Masa y poder, quizá de toda la obra de Canetti, es, pues, la muerte y, sobre todo, su contrario, la supervivencia, “el momento de sobrevivir” que es, según Canetti, “el momento del poder. El espanto ante la visión de la muerte se disuelve en la satisfacción de no ser uno mismo el muerto. Éste yace por tierra, el superviviente está en pie. Es como si hubiera tenido lugar un combate y uno mismo hubiese abatido al muerto. En la lucha por la supervivencia cada cual es enemigo del otro; comparado con este triunfo elemental, cualquier dolor es poca cosa”. Así planteado, parece decirnos Canetti en cada página del libro, el tratamiento de este tema es demasiado importante para entregárselo, o peor, cedérselo a un saber de proposiciones más o menos fijas sobre lo que hay, o sea sobre el ser; tampoco parece una cuestión científica o histórica, pues, a pesar de referirse a sucesos reales, siempre van envueltos en una determinada forma, en un estilo literario. Aunque la “filosofía” y la antropología son saberes que no disgustan a Canetti, parece claro que este libro las sobrepasa. Filosofía, historia y antropología no sólo no agotan el asunto que estudian, sino que parecen sobrepasadas, diluidas, a lo largo de la obra, en la literatura. Ésta es la única que puede tratar la muerte, la mortal “perversidad” de los humanos, sin creerse del todo su poderío.

La muerte entonces se convierte en el asunto más preciado de la literatura. Se trata de adentrarse en la “vida” de la muerte a través de la ficción, de la creación de formas e imágenes. Es como si habláramos de sucesos imaginarios siempre integrados por las características de lo real. La cuestión de la muerte, o mejor, de la institución de la inmortalidad se presta más a un tratamiento literario que científico, más a la narración transgresora de ámbitos y disciplinas que a la interpretación positivista de un hecho físico, más a la “verdad sospechosa” de quien abusa de la palabra que al uso esquemático de fórmulas científicas, más a la literatura y al arte que a la técnica. Por todo eso, y quizá también porque Canetti, el escritor, no vive, sino que crea vida, Masa y poder es un libro de literatura, imposible de reducir al ensayo, menos al tratado o al discurso, y tampoco al aforismo. ¡Es pura literatura! Yerran quienes lo asimilan a una obra de antropología, pues, al fin, ésta no hace sino suministrar ejemplos para que Canetti no pare de narrar, interpretar y escribir parábolas sobre las dos constantes, los dos arquetipos, que acompañan al único mito que le obsesiona: la inmortalidad o, expresado idealmente, la utopía de la vida eterna. Masa y poder conforman la otra cara de la eternidad, el antídoto contra el aguijón que a todos nos envenena: la muerte.