Número 52 | DOSSIER | María Cristina Rosas | PDF | Imprimir | Enviar
as fronteras en el siglo XXI se enfrentan a una paradoja: la globalización tiende a desdibujarlas, en tanto los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 (11-S) llevaron a reafirmarlas por razones de seguridad. Así, los intensos flujos de bienes, servicios y personas en todo el mundo pasan por el escrutinio propio de la nueva agenda de seguridad bajo la premisa de que en la era de la guerra global contra el terror, esos bienes, servicios y personas pueden transitar por las fronteras de los países con la intención de causar daño.
Esta percepción se encuentra muy presente en América del Norte, porque Estados Unidos, el país atacado ese fatídico septiembre negro, ha definido la agenda de seguridad en esos términos. La consigna de las “nuevas amenazas”, calificadas como asimétricas y sobre todo no-estatales, pasa por la llamada “guerra global contra el terror”, misma que permea otras agendas. Así, por ejemplo, la problemática del narcotráfico se complejiza a partir de la figura del narco-terrorista. En materia migratoria, los migrantes indocumentados son considerados como terroristas. Consignas como la del “terrorismo ambiental” cada vez son más recurrentes en diversos ámbitos.
Parte del problema estriba en la inexistencia de un concepto de consenso para caracterizar al terrorismo. Así, el término puede emplearse para designar infinidad de problemas, además de que cada gobierno puede definirlo a discreción, a partir de diversas consideraciones y necesidades políticas.[1] Ciertamente la nueva agenda de seguridad internacional post 11-S, lleva a que el terrorismo tenga preeminencia sobre otros temas, muchos de los cuales demandan una atención urgente que, sin embargo, no es posible prodigarles dado que las naciones del mundo están obligadas a canalizar cada vez más recursos financieros y de personal a la “guerra global contra el terror”, en detrimento de agendas tan importantes como el desarrollo. Se trata de una paradoja inquietante: es ampliamente reconocido que existe una relación casi simbiótica entre la seguridad y el desarrollo, dado que no es posible tener una sin el otro. Sin embargo, el que tras el 11-S la balanza se haya inclinado sobre todo a favor de la agenda de seguridad —la que, dicho sea de paso, es muy restringida, dado que se aboca sólo a la lucha contra el terrorismo empleando preferentemente la fuerza militar— genera condiciones de incertidumbre en el mundo porque no sólo desatiende los temas del desarrollo, sino que a estos se les prodigan menos recursos humanos y materiales. |