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num. 57, enero - febrero 2008
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Número 57 | SOCIEDAD ABIERTA | Wolfgang Sofsky | PDF | Imprimir | Enviar

El paraíso de la crueldad[*]
por Wolfgang Sofsky[**]

Sobre un puente dos soldados han agarrado a un hombre por los pies y los brazos, para aventarlo más allá de la trinchera. Otro dispara ráfagas de balas sobre el río, en donde alguno grita intentando esconderse. Un poco más lejos, una masa vociferante arrastra por la calle un cadáver semicarbonizado. En primer plano, un grupo ha rodeado a una mujer que se retuerce en el piso. En modo intercalado, alguno se aproxima y le salta sobre el vientre para ver cuánto resiste. Sobre el ala derecha se observa un pelotón de ejecución. En segundo plano está la ciudad: un desierto de ruinas en llamas. El ala izquierda, en cambio, presenta un paisaje de colinas tranquilas: algunos árboles, matas, prados verdes. En los campos no se ve a ningún ser vivo. El paraíso está vacío, sin seres humanos.

No sabemos cómo Hieronymus Bosch, si hubiese vivido en nuestra época, habría pintado el tríptico del Juicio final, o si quizá hubiera usado instrumentos distintos del pincel y la paleta. De frente al extremo, la capacidad de imaginación estética, así como la capacidad de juicio moral, no aparecen a la altura de su objetivo. Inclusive el intelecto analítico con fatiga logra tener una visión de conjunto de la infinidad de horrores pasados y presentes, al estar imposibilitado para entender exactamente qué sucede cuando se desencadena la violencia.

En primer lugar, es necesario recordar las circunstancias antropológicas. Un presupuesto del desencadenamiento de la violencia es la capacidad de imaginación. La fantasía es la que lleva al hombre por fuera de la esfera de influencia de sus experiencias. Lo exonera de sus condiciones de vida y lo libera de los hábitos tradicionales. Le permite volverse otra persona. La fantasía no está vinculada a la vivencia y no se encuentra sujeta a inhibiciones. No existe límite que el hombre no pretenda superar.

La violencia imaginada es libre, se le piensa sin reparo alguno y, por ello, estimula la acción. En efecto, una vez abierta la atractiva perspectiva de superar el límite, el primer paso se da rápidamente. Quizá al inicio se experimenta aún con excitación, un estira y afloja de prueba y error. Pero si la ocasión es propicia, es el mismo primer acto el que abre la vía para posteriores fantasías y acciones. La imaginación no tiene límites y es obsesiva, inventa nuevas prácticas, experimenta con nuevas armas. La capacidad de imaginación no se ocupa exclusivamente del asesinato, la culminación de toda violencia. Inventa nuevos tormentos y métodos para el segundo homicidio: el vilipendio del cadáver. Es la imaginación, una facultad completamente humana, la que introduce en el mundo nuevas formas de violencia y hace, por ende, que la historia de la violencia siga adelante.

Los motivos de la violencia son múltiples. Es ridículo pensar que quien comete actos de violencia es impulsado siempre por la agresividad. Como si bastase deshabituar al hombre a las tendencias agresivas para poner fin a la violencia de una vez por todas. Es verdad que los sentimientos de rabia, odio, venganza, pueden instigar a los hombres hacia los actos de violencia. Pero, ¿qué relación existe con los instintos agresivos, las loas de gloria y riqueza, la curiosidad jocosa de la experimentación, el aburrimiento, la ejecución cuidadosa de una orden, la utilización apropiada de un arma de fuego, el espíritu de sacrificio del guerrero?, ¿qué tiene en común con la agresividad la consideración de que la violencia es el camino más fácil

de que quien las cumple ha sido empujado por un fortísimo fanatismo o por impulsos muy intensos. La lógica pura contradice esta intuición. Los hombres pueden manifestar distintos comportamientos para los mismos motivos. Y viceversa: pueden hacer la misma cosa por distintos motivos. Entre el acto y el motivo no existe una relación de necesidad. La violencia puede ser vinculable a la satisfacción o al deseo de arbitrio, a la furia ciega o al disgusto, al sentido del deber o a la necesidad de hacerse notar, al deseo de aprobación, a la sangre fría o a la costumbre sorda y sin motivo. En otras palabras: con relación a sus estados de ánimo, aquellos que llevan a cabo actos de violencia son todos iguales. Además, es una característica del hombre la capacidad de variación de sí. Solamente el hombre se encuentra en grado de cumplir las peores atrocidades. Es por su constitución abierta que se vuelve tan peligroso.

Por ejemplo, uno sale de casa por la mañana, va al trabajo, desarrolla sus actividades como siempre, regresa a casa: un día como cualquiera, ningún sobresalto en particular. Después, se cambia de ropa, toma las armas y las municiones del sótano, dispara a uno de sus familiares, se atrinchera sobre la azotea y abre fuego sobre cualquiera que en ese momento esté pasando por la calle. Casi de un día para otro los vecinos se transforman en enemigos mortales, los niños en blancos fáciles, los maestros en plurihomicidas, los empresarios en paidófilos, los obreros de una fábrica de chocolates en caníbales.

En el origen de tales sucesos algunos observadores sugieren que se deben al impulso de fuerzas escondidas, accesos de locura o a situaciones de oscurecimiento interior. Otros, en un acto auténticamente de inversión, sostienen que los mismos carniceros son víctimas de las circunstancias externas, de una infancia difícil o de una represión dolorosa. El espectro de las presumibles causas es muy amplio. Rechazo social, crisis económica, pobreza y explotación, convulsiones políticas, la pérdida del monopolio de la fuerza por parte del Estado o una política represiva, vínculos con la tradición cultural o desorientación, pérdida de valores o fanatismo, contrastes étnicos, figuras enemigas en un ámbito social, anomia, anonimato, espíritu de pandilla, conflictos familiares o amor-odio íntimo, un trauma o un ataque repentino de psicosis: todo esto es llamado en causa para explicar la violencia humana.

Es probable que un hecho determinado influya de vez en cuando en las circunstancias del acto de violencia. Pero las circunstancias, ¿de qué modo influyen al acto? Más la explicación se eleva, más insignificantes aparecen los hechos inquietantes. Es imposible mirar detrás de los límites. El número de los “factores”, en parte contrastantes, sólo indica en el fondo que la violencia no es vinculable a algún motivo en particular. La consideración de que la transformación de los hombres en asesinos se dé con frecuencia en un abrir y cerrar de ojos desmiente las esperanzas ilusas. Las circunstancias no son las causas de la acción, no son condiciones necesarias ni suficientes. A lo más favorecen o bien obstaculizan la violencia. La identificación de los contextos señala las ocasiones, no las causas. En efecto, produce historias plausibles, pero ninguna explicación causal. Cuantas personas tienen una vida similar, o viven en las mismas circunstancias desfavorables, y no piensan ni siquiera lejanamente en alzar una mano. Los riesgos pueden ser altos, el desprecio social fuerte, las penas duras; sin embargo, en la guerra existen los desertores, existen soldados que cargan las armas pero no aprietan el gatillo, los fusileros del pelotón de ejecución que no se prestan a nada; en general, es sólo una minoría, pero demuestra de cualquier forma que se abre un entredicho entre la ocasión de la situación y el acto de violencia. Queda una parte que se sustrae a la explicación determinista, y no por motivos empíricos, antes bien por principio. Esta otra parte se basa en la libertad de decidir si lleva a cabo o no un acto de violencia.

Sin embargo, el análisis de los procesos de la violencia tiene sus razones. En general, las personas saben muy bien qué es lo que están haciendo o por qué lo hacen. Pero con frecuencia no saben qué hacen con sus acciones. El encadenamiento de los eventos supera el horizonte de los protagonistas. En la mayor parte de los casos la violencia es un proceso de transformación social. La tarea prioritaria de un estudio sobre la violencia, por consiguiente, no es la identificación de las presumibles causas, sino antes bien la descripción analítica del proceso mismo de la violencia. ¿Qué favorece la elección libre de la violencia?, ¿cómo se puede superar el límite?, ¿cómo se desarrolla la violencia en las interacciones sociales?, ¿cómo el proceso de la violencia transforma a los hombres en asesinos?

Existen procedimientos sociales que facilitan la transgresión. El método más eficaz es el ritual. Los ritos son manifestaciones de la metamorfosis, del pasaje de un estado a otro, de lo profano a lo sagrado, de la estructura a la communitas, de la paz a la guerra, de la cotidianidad a la fiesta. Las formas más antiguas de violencia —la caza del hombre, el sacrificio y la guerra— eran preparadas con frecuencia con ritos o directamente se desarrollaban por completo siguiendo un orden ritual. Las penas corporales, sobre todo la pena de muerte, obedecen a un reglamento rígido, tanto si se trata de una ejecución masiva en una arena como en un auto de fe, si es una lapidación del chivo expiatorio o la fiesta de sangre sobre la plaza del mercado. El daño y los duelos de honor, los combates entre gladiadores, los conflictos étnicos y las guerras entre las bandas presentan elementos rituales. Si la lucha inicia verdaderamente, en general valen otras leyes.

Los ritos no sólo tienen la función de frenar a la violencia con un orden normativo y enaltecerla con significados. Esta visión culturalista es muy ingenua. Los tradicionales sacrificios humanos de los aztecas o de los cartagineses, a pesar de tener un ritual regulado, no eran otra cosa que masacres colectivas, fiestas sanguinarias de la devoción. El ritual desencadena la violencia. Crea una comunidad en estado de excepción, una comunidad en fiesta, en la cual la alegría y el entusiasmo han vencido al terror. El miedo a la muerte es superado a través del poder de matar. En el origen común por la lucha o la caza, la communitas arrastra al individuo, lo transforma, lo lleva más allá del umbral con el ritmo envolvente de las danzas, después con aquel uniforme de la cacería. El colectivo es atrapado por la euforia: nadie quiere estar excluido. La situación del individuo se funda con el aspecto social. Así, el ritual, este tumulto ordinario, tira el muro que separa la violencia de la muerte.

Los sistemas sociales jerárquicos prefieren otro método: el orden, la autoridad. El orden no admite objeciones. Dudar de su legitimidad destruye la eficacia. Por ello, con frecuencia es protegido por sanciones durísimas para prevenir la desobediencia. Sin embargo, el orden no es para nada una simple constricción. Es, al mismo tiempo, una concesión de poderes y un estímulo bien aceptado. Es equívoco creer que la mayoría de quien ejecuta órdenes las sigue en contra de su voluntad. Con frecuencia espera mucho tiempo en la inactividad, hasta que la orden finalmente da rienda suelta a la necesidad de acción. Los soldados que se encuentran listos para la acción desde días antes, con frecuencia esperan impacientes a que llegue finalmente la orden para el ataque. El miedo y las dudas se desvanecen cuando de pronto la orden clarifica la situación y concentra todos los pensamientos y los sentimientos sobre la lucha. La orden genera claridad. También de ello se deriva la disponibilidad, a veces suicida, para seguir la señal de ataque y saltar más allá de la trinchera. La orden no lleva a los hombres más allá del límite, los tira más allá con un solo movimiento. Con las órdenes se pueden mandar a las personas a matar, pero también a una muerte segura.

La orden de cometer violencia es más que un simple cuerpo extraño clavado en la carne; sin embargo, se puede extraer. Es también un impulso, una ayuda para el primer ataque. Con frecuencia sucede que los subalternos se apropian de las órdenes. Los encargos generales o vagos delegan la iniciativa a los ejecutores subalternos. No dicen precisamente qué hay que hacer, sino únicamente lo que está permitido. Necesitan independencia en el uso de la libertad. Los ejecutores gustosos siempre hacen más de lo que les han ordenado.

¿Qué pasa más allá del límite, cuando el primer obstáculo ha sido superado? A veces no se va más allá con el primer ataque. Un intercambio de golpes y la lucha ha terminado. Sin embargo, si se pone en acción un proceso, la violencia se vuelve constante o se desarrolla. Nacen nuevos comportamientos, sentimientos y formas sociales. La violencia obtiene duración y continuidad con la rutina o la institucionalización. Es inquietante la capacidad que tiene el hombre de lograr habituarse a casi todo, aun a su violencia. ¿Qué resulta? Las costumbres son disposiciones con un sentido unívoco, que a través de situaciones recurrentes son realizadas en modo casi automático. Las reflexiones o directamente las decisiones se vuelven superfluas. El estímulo a la violencia está contenido en la situación misma. El acto se sucede vertiginosamente y sin necesidad de ser pensado. La violencia deviene rutina, cotidianidad, trabajo. Después de la primera transformación el asesino debe solamente emularse. Día tras día el carcelero repite su trabajo, cada tarde el francotirador toma su posición y dispara sobre todo lo que le aparece bajo la mira.

Con demasiada frecuencia el asesino repite la acción. Más la practica, más se estabiliza volviéndose una disposición natural. Las guerras o las actividades terroristas se basan de este modo en la disposición individual de su personal. La violencia habitual es violencia sin motivo. Las cuestiones morales resultan superfluas. Las costumbres tiran por tierra el intelecto y la conciencia. Es insensible al sufrimiento de las víctimas. Esta indiferencia, esta ausencia de cualquier sentido moral explica el hecho de que, como se observa, muchos asesinos seriales tienen la conciencia limpia.

Al volverse costumbre surge la mecánica de la disciplina colectiva, que se encuentra en los pelotones de fusilamiento o en las formaciones militares de las guerras del pasado. La disciplina es una fuerza de destrucción social de tipo particular. El grupo es adiestrado en modo de actuar como un cuerpo único. El fuego común es coordinado en una fracción de segundo. El pelotón funciona regularmente, como una máquina de asesinato social. Mientras las armas son recargadas, la segunda fila va hacia adelante y dispara. Así nace el “disparo en rotación”. Cada uno se confía ciegamente del hecho de que los otros actúen como él. La tropa construye su unidad en el acto de disparar. Es precisamente la violencia la que crea la unión. La culpa por la sangre derramada se distribuye entre todos, de tal modo que nadie la percibe. Cuando el individuo se fusiona con el órgano colectivo de la violencia, su individualidad se cancela.

Mientras que las representaciones de la violencia se dirigen hacia terceros, el exceso no tiene alguna finalidad social. En el centro de la atención no está la relación con los otros, sino la relación consigo mismo. El furor del exceso es la violencia como fin en sí misma. Lo que cuenta es la acción, la experiencia, la existencia más allá de los límites. El resultado no es decisivo, la acción sí. La violencia habitual es regular, indiferente. El exceso, en cambio, es explosivo y expansivo. El protagonista del exceso se mueve por un goce maligno. Se entusiasma por sus propias acciones. Cada idea nueva, cada muerto nuevo aumenta su euforia. En el exceso, el asesino no está para nada fuera de sí. Desde su interior se engrandece, crece, gana terreno nuevo, el terreno de la libertad absoluta. El exceso no libera al hombre únicamente de la prohibición, lo libera también de la obligación de rendir cuentas consigo mismo acerca de su comportamiento. Ningún pensamiento, ninguna idea lo atormenta. Está liberado de los sentidos, de su propia conciencia. Más allá del muro es un todo consigo mismo y con el mundo. La necesidad de individualización, el miedo de la muerte desaparecen de repente. La fiesta de la exaltación de la violencia es un salto en un estado de utopía. Se realiza una aspiración antigua: el sueño de la libertad y de la absoluta satisfacción, el sueño del regreso al paraíso. Pero para las víctimas eso resulta un verdadero infierno. ■


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