Número 57 | IMPRENTA PÚBLICA | Laia Jufresa | PDF | Imprimir | Enviar
n guía nos recibe a gritos: “Esto es Tijuana, pasen. Esto es el ocio y éstos los neones. Por aquí tenemos las playas y sí, ésa, ésa, señores y señores, ¡es la barda! La barda nació porque la frontera se desdibujaba…” Cuando señala la barda, ni el más idiota mira el dedo. Pero no, no sucede así, en Tijuana no hay guías para transeúntes. Hace mucho que dejó de ser un oasis turístico para convertirse, en todo caso, en un atractivo antropológico o, ciertamente, en el paraíso de las farmacias. Reverbera con la lógica “de paso”. Su decadencia le carcome el orgullo. En las playas sólo hay piedras, y gente que de algún modo logra, a ratos, darle la espalda al cerco. Pero es difícil. No es que el cerco estorbe, es que se impone. Más que cubrir o proteger, delimita, pero aun así abarca un territorio mucho más amplio que el de su cuerpo: el bordo cuartea por igual planes y familias, se cuela en las cabezas, aliena lo mismo al tijuanense que a un migrante que hoy empieza su camino, y que tendrá que cruzar otras cinco fronteras antes de llegar a parársele enfrente. En Playas, no obstante, dominguean las familias. Redefinen el término turista. Algunos viven del otro lado y cruzan a visitar familiares. Algunos viven de éste y la familia se les quedó allá. Algunos no cruzan porque no tienen visa. Algunos cruzan a diario y jamás han tenido, ni tendrán visa. Hacen picnic al tiempo que sacuden las abstractas (y tan difusas) terminologías de la mexicanidad, de lo local, de la pertenencia y de otros tantos conceptos que participan —o debieran participar— de la idea de identidad. Sobre la misma playa, del otro lado de la barda, la soledad. Una esporádica border patrol y unos letreros que declaran: caution, el agua está contaminada. A esta barda no le hace falta introducción. Nadie coquetea con la labor patética de un guía que nos la presente. Aquí, a diferencia de la ciudad, está hecha de barrotes. Pero la barda es la frontera: los huecos no le restan contundencia. Tanto en los clichés que manejamos en el centro del país, como en los planes de vida de millones de sureños —y cuando digo “sur” voy lejos, hasta bien entrados en la contraparte de la fuerza de Coriolis y más allá—, Tijuana es un lugar de paso. Ya sería tiempo de que alguien hiciera notar, al borde, en letra chica, un hecho pequeñito: que Tijuana crece a razón de dos hectáreas diarias. |