Número 58 | SOCIEDAD ABIERTA | María Cristina Rosas | PDF | Imprimir | Enviar
l 20 de marzo de 2003, Estados Unidos, acompañado por algunos de sus aliados, inició las hostilidades contra Irak. A un costo inicial que ha oscilado entre 9 mil y 13 mil millones de dólares mensuales,[1] provocando la muerte de un millón 200 mil iraquíes (Opinión Research Business, 2007), más 4 mil 228 soldados de las fuerzas de la coalición (hasta principios de enero de 2008), se trata de un conflicto cuya solución se antoja cada vez más difícil. Aun cuando Estados Unidos tuvo una estrategia de “entrada” para contribuir al derrocamiento del régimen de Saddam Hussein —el que se produjo con notable rapidez—, no ha sido capaz de desarrollar una eficaz “salida” del atribulado país árabe. El vacío de poder generado por la caída de Hussein ha sido aprovechado por la insurgencia iraquí y por organizaciones como al-Qaeda para producir un escenario de inseguridad creciente para la población; una crisis humanitaria de gran envergadura, que incluye olas de miles de iraquíes que buscan asilo o refugio en países vecinos, además de los consabidos abusos en materia de derechos humanos que un escenario de guerra civil como el imperante potencia. La invasión estadounidense y el conflicto en marcha han producido un grave daño a la infraestructura del país —sin dejar de lado que, debido a conflictos previos como la Primera Guerra del Golfo y Irak, la Guerra Irán-Irak, más las sanciones amplias decretadas por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a partir de 1991, la economía iraquí se encontraba sumamente mermada en el momento de la incursión de Estados Unidos—. Aun cuando se han dado algunos pasos a favor de un nuevo gobierno con la promulgación de la Constitución del 15 de octubre de 2005 y los comicios del 15 de diciembre del mismo año, las gestiones del presidente Jalal Talabani y sobre todo la del primer ministro Nouri Kamil al-Maliki, dependen de los equilibrios que se puedan establecer entre fuerzas políticas como el Supremo Consejo Islámico Iraquí, que es el principal partido político chiita, la Alianza Unida Iraquí y, por supuesto, Moqtada al-Sadr, quien controla, en los hechos, al principal bloque de legisladores en el parlamento. Dicho esto: ¿qué lecciones arroja la invasión de Estados Unidos sobre Irak a cinco años de su inicio?, ¿cuáles son los logros concretados en este tiempo, tanto para Irak como para la comunidad internacional?, ¿qué escenarios se vislumbran en Irak, la región, Estados Unidos y el mundo en los meses y años por venir? La decisión de efectuar una incursión bélica en Irak se vio influenciada por la política de seguridad adoptada por Estados Unidos tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 (11-S). Como se recordará, Irak fue de los pocos países que ante esos lamentables acontecimientos no envió sus condolencias; es más: el régimen de Saddam Hussein afirmó que Estados Unidos se merecía los ataques que recibió, debido que Washington ha cometido numerosos crímenes contra la humanidad y que lo sucedido era una lección para todos los tiranos, opresores y criminales (CNN, 2001). La respuesta estadounidense no se hizo esperar, y luego del inicio de las hostilidades contra Afganistán[2] el 7 de octubre de 2001 —con lo que quedó formalmente inaugurada la guerra contra el terrorismo decretada por la administración de George W. Bush—, en su informe de gobierno del 29 de enero de 2002 el propio Bush introdujo la noción del eje del mal, refiriéndose a países que presumiblemente apoyan el terrorismo y/o poseen armas de destrucción en masa. Bush designó específicamente a Irak, Irán y Corea del Norte como los miembros de este eje del mal.[3]
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