Número 61 | PORTAFOLIO | Patrick Monney | PDF | Imprimir | Enviar
lmendros en flor se mecen mientras el viento danza entre ellos y a través de los dorados campos de cebada. Este es el arte de Aziza Alaoui —un mundo de serenidad, donde la belleza terrenal y el encanto supernatural se combinan sin ningún esfuerzo. En torno a ello platicamos con la artista alemana-marroquí en su casa en la ciudad de Puebla. Aziza Alaoui es una piedra rodante, una ciudadana del mundo. Nacida de padres alemanes-marroquíes, ella ha recorrido continentes en busca de inspiración, y ha descubierto países como Alemania, Francia, España e Italia. En 1992 finalmente se asentó en México. Para ella, la sinfonía ecléctica de los montes desperdigados y la grandeza colonial de Puebla a la sombra del volcán Popocatépetl fue difícil de resistir. De retratos a paisajes, figurativo o abstracto, Alaoui conecta la tierra de los aztecas con el espíritu de la Arabia moderna creando un mundo propio. Patrick Monney: ¿Qué experiencias han inspirado tu obra? Aziza Alaoui: No separo mi vida, así que todos los eventos han tenido impacto en mi trabajo. Siempre he estado relacionada con el arte y hay muchos artistas en mi familia. Siempre he estado cercana al arte, a museos, a exhibiciones y a espacios artísticos, y pienso que mi decisión de convertirme en artista se originó de una fuerte pasión, ya que en Marruecos no era la manera más fácil para subsistir. —¿Cuál es tu estímulo principal para una nueva obra?, ¿es el tacto, sonido, vista o aroma? —El color es el elemento principal en mi pintura. Es lo que define el estado de ánimo que quiero expresar; es lo que dicta la composición, la ambientación y el tema. Todo se reduce a la creación de la atmósfera, así que, dependiendo qué es lo que quiero expresar en el lienzo, empezaré por elegir ciertos colores. —En tu opinión, ¿la luz crea la forma o la forma dicta la luz? —La luz es un tema constante en el arte. Mueve sentimientos —a menudo controversiales— acerca de la corporeidad, de la filosofía y de la espiritualidad. Mi relación con la luz es muy subjetiva. De cualquier modo, las obras de Monet y de los impresionistas —quienes pasaron sus vidas intentando definir la luz— tienen una fuerte influencia en mi trabajo. —¿Por qué oscilas entre lo figurativo y lo abstracto? —Sé que eso no es muy común. Uno de mis pintores favoritos, Picasso, me enseñó a una edad muy temprana a nunca limitarme. El fue de lo clásico al cubismo a través del impresionismo, y de lo figurativo a lo abstracto; siempre distinto pero siempre él mismo. Pienso que no estamos hechos de una sola pieza; somos como un cristal con muchas caras, cada una reflejando una luz distinta. Disfruto la aventura de viajar a través de lo figurativo, así como por los aspectos abstractos de la vida. Esa también es una razón por la que trabajo en una gama de medios, dependiendo qué historia quiero contar. Tal vez no es un acercamiento muy comercial, pero soy yo y es lo que importa. —Muchos artistas ven hacia sus predecesores por consejo. ¿Quién es el que más te ha influenciado? —Es muy difícil darte una respuesta precisa porque mis influencias son infinitas. Hay cientos de artistas que han contribuido una pieza al rompecabezas pero, por supuesto, tengo a mis favoritos. Me gusta Picasso por su libertad y versatilidad, Giotto por su creatividad, Matisse por su sensualidad, los expresionistas alemanes de Die Brüke y Blaue Reiter [1] por su autenticidad, así como de Stael, Richter, Smithson, Rothko, de Kooning y muchos otros. Aun así lo que influye mi arte es el trabajo de maestros anónimos, talladores, ceramistas, arquitectos, escribanos y artesanos desde África hasta Asia y América Latina; maestros de culturas antiguas así como de periodos más modernos. ■ 
El Árbol Negro Técnica mixta 150 x 120 cm.2007 |