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num. 66, septiembre - octubre 2009
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Número 66 | SOCIEDAD SECRETA | Emilio Rivaud Delgado | PDF | Imprimir | Enviar

Sempre es domingo
por Emilio Rivaud Delgado[*]

Everyday is like sunday
Win yourself a cheap tray
Share some greased tea with me
Everyday is silent and grey

Morrissey

De nuevo es domingo, ese drama inevitable que acontece una vez por semana. Esa calma funesta: el cielo repleto de nubes color plomo, las calles vacías, el silencio que sólo rompe la televisión del vecino de arriba. Llueven pequeñas gotas de tierra que manchan la ventana y dejan pasar menos luz. En domingo, todo es teatro kabuki. El silbido de la tetera irrumpe desde la cocina, pero no me apuro. Dejo que inunde cada rincón del departamento, y sólo cuando las copas de cristal vibran al unísono me pongo de pie, lentamente, permitiendo que cada uno de mis músculos salga de su letargo y colabore de buena gana. Me detengo a ver todos los adornos de la sala. Ya los conozco bien: el dios africano de la buena fortuna, sentado y con pedazos de piel de cebra cubriéndolo; el perro de cerámica que guarda la puerta de los infiernos; Medusa tallada en madera. Limpio con la punta de mi camisa una mancha que sólo yo veo en la mesa del comedor. Veo mi reflejo en el cristal de la vitrina, me paso los dedos por el cabello que me cae en la frente. Sigo mi camino, estoy en la cocina. La tetera silba, el agua empieza a salirse, evaporándose al contacto con la parrilla. Espero unos segundos más, divertido con las burbujas. Sirvo una taza, el sonido me gusta también, aunque no tanto como ver la espiral de vapor a la luz del extractor.

Vuelvo a la sala, me dejo caer en el sofá, haciendo malabares para no tirarme el café recién hecho encima. El vecino debe estar divertido, a juzgar por las risotadas que emite de cuando en cuando. Tomo el libro que estaba leyendo. En domingo, todo es Kafka. El inmenso absurdo de un día que sólo existe para sí mismo. Me cuesta trabajo cambiar de página. Me detengo en un párrafo y mucho antes de llegar al final tengo que volver al principio. La concentración es un anhelo irrealizable en domingo. La lluvia sigue cayendo, tal vez con más fuerza. El sonido es atronador, y si me concentro lo suficiente puedo llegar a imaginar que está lloviendo dentro de mi propia sala, sobre mi alfombra de colores opacos y mis sillones forrados en lana sin refinar. El café moja mis labios, me trae recuerdos de otros días: lunes, jueves, viernes. Sábados por la noche después de ir al cine, en compañía de alguna mujer que no quiere ir por una copa y finge demencia cuando me ve, horas después, sentado solo en un bar. El café es inapropiado en domingo, porque quita el sueño y en domingo uno necesita dormir todas esas horas que no dormirá durante la semana. Lamentablemente, se me terminó el té.

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