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num. 66, septiembre - octubre 2009
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Número 66 | SOCIEDAD SECRETA | Santiago Ruiz Velasco Bazán | PDF | Imprimir | Enviar

El ausente
por Santiago Ruiz Velasco[*]

En Guayabos están inquietos: anteanoche desapareció, sin decir palabra, don Marcos Giménez, el dueño de la fábrica. Su chofer pasó por él en la mañana, como diario, pero no salió nunca de su casa. Cuando, después de estar tocando el timbre y de esperar una buena hora, se animó a saltar la reja por ver si no le había pasado nada, se dio cuenta de que se habían llevado la pick up, y nadie en la casa respondió a sus gritos. Estaba toda cerrada.

Como a las once llegaron los del gobierno y entraron. Lo único que sacaron en claro es que se habían ido; las camas estaban deshechas y había ganchos tirados aquí y allá, señal de que empacaron con prisa. No encontraron las joyas de la señora, pero todo lo demás estaba en orden. Hasta la alacena, muy bien surtida por cierto. Poco después llegó el contador, extrañado porque el patrón no se había presentado en la oficina, y lo primero que hicieron fue interrogarlo, pero no, no había ningún fraude ni nada de qué huir por ese lado. Para darle más peso a su declaración, sacó los libros del escritorio de don Marcos y, cosa inaudita, se los enseñó. El pobre estaba tan desconcertado como todos, pero también se angustió.

¿Qué va a pasar? El señor contador siente que su futuro está en riesgo, pero no es el único: toda la economía de Guayabos depende de Textiles Giménez. Un tercio del pueblo, al menos, trabaja en su galerón. Del resto, quién surte a la empresa y quién comercia con los obreros. Los únicos que no temen son los campesinos, pero es porque no han medido que si se va la gente van a tener que vender en mercados de otros pueblos, van a tener que pagar fletes y morder intermediarios. Además, con ese triste campo pedregoso, los que siguen ahí o son muy viejos para aprender otra cosa, o muy tercos, o muy brutos por no ver que en la fábrica les iría mejor. O las tres cosas. Y entonces no es de extrañar que no estén alarmados. Quizá aún no se enteran, quizá estaban allá en sus parcelas cuando el rumor pasó por sus casas, y luego en la noche nadie les dijo, o no oyeron, que así son.

Descartado el robo (lo primero que se temió porque así había hecho un charro en Amatitla), las hipótesis empezaron a crecer como yerba. Que hay una muchacha, la hija de Pascualito, que no le hace malos ojos cuando lo ve con su Mercedes, y ya ve que el padre aunque viejo es bravío, y no se iba a dejar ni de un Giménez, al menos no sin que lo hiciera gerente, capataz por lo bajito.

—Pero don Marcos es casado.

—¿Y?

—Y para eso era medio menso, la verdad. Puede que el hijo.

—Pues puede, pero los ojitos se los hacía al señor. ¿O no se habrán peleado por ella?

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