Número 66 | IMPRENTA PÚBLICA | Luis Jorge Boone | PDF | Imprimir | Enviar
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[Carlos Busqued, Bajo este sol tremendo, Barcelona, Anagrama, 2009.]
n un artículo publicado en mayo de 2000, Salman Rushdie escribió sobre Desgracia, la novela de J.M. Coetzee. En ella, el novelista indiobritánico se daba un espacio para reconocer el quid del libro: “dar prioridad a la incoherencia [...] hacer de su ceguedad una especie de introspección metafórica”. Pero ahondaba mucho más en la que consideraba su debilidad: ninguna luz de entendimiento se encendía en los personajes después de haber atravesado una historia de incomprensiones y abusos mutuos. La tarea del escritor, según Rushdie, no es compartir la ceguera de sus personajes, sino “arrojar suficiente luz sobre las noticias”. Viejo dilema: ¿la literatura como un espejo crudo de la realidad, o una visión que articule su descripción y su crítica? El escritor —sin importar que pueda ser tachado de cínico y romántico al mismo tiempo—, podría contrargumentar: quizá a veces la primera, en la llaneza de sus estragos, contenga a la segunda. Bajo este sol tremendo, primera novela del argentino Carlos Busqued (1970), coloca al lector en una encrucijada semejante. Uno sabe que está frente a un libro potente, calculado en su sequedad desoladora, de trama sostenida, cuya escritura está guiada por la desconcertante indiferencia con que se conducen sus personajes. Uno termina, quizá, estremecido. Preguntándose si la galería de vilezas y decadencia que ha visitado no tendrá la misma justificación que los tabloides amarillistas: el morbo simple y llano. Violaciones, asesinatos, degradaciones sexuales, drogas, secuestros, suicidios, choques viales, corrupción, maltrato contra animales, un pueblo alfombrado por el lodo de fosas sépticas desbordadas. Al menos un ítem de cada categoría en la novela. ¿Tiene la culpa la realidad por surtir la lista?, ¿o el autor por elegir sólo la peor parte? |