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num. 66, septiembre - octubre 2009
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Número 66 | IMPRENTA PÚBLICA | Alfredo Lèal | PDF | Imprimir | Enviar

Sentir lástima por el otro.
El negativo de una novela para niños

Por Alfredo Lèal[*]

Fabio Morábito, Emilio, los chistes y la muerte, Barcelona, Anagrama, 2009.[Fabio Morábito,
Emilio, los chistes y la muerte,
Barcelona, Anagrama, 2009.]

 

 

 

Le plaisir que nous donne un artiste,
c’est de nous faire connaître un univers de plus.

Marcel Proust

Pocas cosas se agradecen tanto en una novela como el hecho de que sea capaz de tender puentes hacia otros universos, propios o ajenos, eso no importa, como tampoco importa si el autor pretendía que fuera precisamente ese el puente que se tendiera a partir de su novela o quizá otro, uno que el lector no percibe; lo importante es que una novela logre extenderse a través de múltiples espacios hasta mostrarnos su solo universo, inagotable, igual que los muslos femeninos, de “una extensión misteriosa y sin fin”, tal como los percibe el protagonista de Emilio, los chistes y la muerte.

De Kierkegaard a Sade, pasando por Noé Jitrik, el puente principal que tiende la novela de Fabio Morábito es quizá demasiado obvio —considerando su labor como traductor de literatura infantil y su incursión en este mismo terreno—: Emilio, los chistes y la muerte está anclado, en un extremo, a la novela para niños (desde el propio título, conciso, sin complicaciones), y en el otro, a la literatura erótica. Para decirlo en otros términos, se trata del negativo de una novela para niños, a saber, una novela donde todos los elementos de éste género están presentes sólo que se muestran a la inversa: en lugar de que el niño-lector se convierta en cómplice del narrador, es el niño-autor-de-invenciones el que va integrando a los adultos- lectores en su juego, hasta que él mismo, Emilio, queda desplazado de éste al escapársele aquello que lo definía esencialmente —ser en sí mismo niño. Esto sucede porque —si bien la inocencia parece haber sido perdida anteriormente, o bien, considerando que en ningún momento vemos la transición de la inocencia a algo como la perversión en Emilio— el juego al que Emilio arrastra al resto de los personajes de la novela puede definirse como un juego de obscenidades, constituido por una serie de escenificaciones de lo que está fuera de escena, de lo privado —que alcanza su ápice, según Jitrik, en lo sexual— en el marco del espacio público.

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