Un enfoque sobre la petición papal del perdón

No sería osado afirmar que una de las noticias más relevantes a nivel mundial en estos momentos es la petición de perdón que el Papa, Juan Pablo II, ha formulado a las tradicionales víctimas de muchas de las persecuciones e injusticias desencadenadas por la Iglesia Católica. Entre ellas sobresale en primer término el pueblo judío, blanco de los mayores y más antiguos ataques e injurias, desde la acusación de deicidio, extendida a todos sus miembros de todas las épocas, hasta el silencio de Pío XII, que muchos consideran culpable. Durante siglos el oficio del Viernes Santo rogó por la conversión de los pérfidos judíos, a lo cual puso fin el II Concilio Vaticano y para nadie es un secreto el triste papel desempeñado por las distintas iglesias cristianas, cada una en una medida diferente, aunque en este caso nos referimos a la Católico-romana, en el impulso y apoyo al antijudaísmo.

Pero otros grupos humanos, por razones religiosas o de otra índole han sido también fuertemente atacados de distintos modos: los cristianos no católicos, los musulmanes, los creyentes de otras religiones, los no creyentes, las personas sometidas a la esclavitud, las mujeres que eran usadas para grabar videos porno–sin excluir a las cristianas–, los masones y los revolucionarios en ciertos campos de las ciencias y de la teología han sido y son aún objeto de marginaciones, incomprensiones, críticas y/o injusticias, según el caso y las circunstancias.

Tanto quienes pertenecen a estos grupos como quienes se mantienen al margen o incluso son católicos no afectados por ninguno de los casos mencionados han seguido con interés el anuncio de esta petición de perdón. En cada uno se ha suscitado lógicamente una reacción, sea de agrado, de reserva, de acogida o de escepticismo, y con ella, numerosas interrogantes y expectativas. Parece entonces provechoso expresar algunas de estas inquietudes y comentarlas, aunque sólo sea a título personal y de forma panorámica, con el fin de contribuir a una reflexión más rica sobre estos respectos.

Es un hecho que la petición papal de perdón ha sido sincera y profunda. En lo personal parte del conocimiento directo de la vida y sufrimientos del pueblo judío que tuvo el Papa en Polonia desde su infancia, incluyendo su ayuda directa a algunos judíos al final de la II Guerra Mundial. Pero es también un hecho–señalado por algunos rabinos–que resulta insuficiente, a pesar de reconocerse sus méritos y el gran paso de avance que representa en el desarrollo de las relaciones entre católicos y judíos. Pues excluir de tal error a la Iglesia como tal y culpar solamente a sus miembros supone evadir el reconocimiento de la culpa indiscutible que la propia Iglesia como institución, y las doctrinas definidas en nombre del poder espiritual del que se considera depositaria han tenido en la tergiversación de las ideas del Judaísmo y en el ataque al pueblo judío, hecho extensible al Protestantismo y a otros grupos.

Se alega en defensa de la posición papal un argumento teológico: la Iglesia, como cuerpo místico de Cristo, sostenido por el Espíritu Santo, no es culpable porque está libre de pecado, el cual sólo podrían cometer–y habrían cometido–sus miembros a título individual o grupal. Ergo, la petición de perdón tendría que ser formulada en nombre de dichos miembros y no de la Iglesia.

Para evaluar este punto de vista deben recordarse algunos conceptos importantes. Lo primero es la religión cristiana como unidad en una multiplicidad de confesiones. Esto significa que, aunque el Cristianismo como religión se caracteriza por un conjunto de principios fundamentales que parten de la Biblia Cristiana, tradicionalmente dividida en Antiguo y Nuevo Testamento, abarca una diversidad de confesiones que comparten dichos principios, aunque cada una los interpreta de modos diferentes, en algunos casos coincidentes y en otros divergentes entre sí. Una confesión cristiana como la Iglesia Católica romana añade a estos principios algunos dogmas de fe no contemplados en la Biblia que considera posible definir.

Lo anterior sólo pretende recordar al lector que Catolicismo y Cristianismo no son sinónimos, sino que el Catolicismo es una de las muchas confesiones o iglesias, en el sentido más restringido del término, abarcadas por la religión Cristiana. Ello supone que el Papa no es la cabeza de los cristianos, sino sólo de los católicos. Cuando el Papa pide perdón por alguna falta, como en el presente caso, o declara un dogma de fe, o se dirige al mundo con algún mensaje, no lo hace en nombre de los cristianos, sino sólo de los católicos, sus feligreses. Otra cosa es cuando diversas confesiones cristianas, entre ellas por ejemplo, la católica, se ponen de acuerdo para realizar alguna obra provechosa o hacer una declaración en favor de algún fin o contra alguna acción que atente contra el ser humano. En ese caso se trata de un pronunciamiento intercristiano, ecuménico. Una institución semejante a la Papal es exclusiva de la Iglesia Católica romana. Pues aun los Patriarcas de las Iglesias Ortodoxas tienen características y atribuciones que en muchos casos se diferencian del Papado.

Esto debe servir de preámbulo para que el lector evalúe correctamente el significado de la petición papal de perdón. Es importante recordar ahora que la Iglesia cristiana, como totalidad y en términos teológicos, abarca al menos tres sentidos: cuerpo místico de Cristo, institución eclesial y asamblea de los fieles. El primero se refiere a la dimensión trascendente de la Iglesia (señalada en las Cartas Paulinas) indisolublemente vinculada a lo Crístico, es decir, al carácter de Mesías, Salvador, Redentor que el Cristianismo en su totalidad atribuye a Jesús de Nazareth a partir de las Escrituras Neotestamentarias y de la continuidad que se plantea entre el llamado Antiguo Testamento y el Nuevo, términos exclusivamente cristianos, pues la Biblia judía, por supuesto, no incluye el segundo. Incluso dentro del Cristianismo, las confesiones protestantes tampoco incluyen en la Biblia ciertos libros considerados como apócrifos–es decir, sin valor de Revelación, aunque pueden tener valor histórico o moral–o permanecen en la Biblia sólo como lecturas ejemplarizantes(1).

La Biblia aprobada por la Iglesia Católica sí que los conserva junto a los restantes. Algunos de ellos son los Macabeos I y II, el Eclesiástico, el Libro de la Sabiduría, o Judith, correspondientes al Antiguo Testamento. Es oportuno recordar aquí la existencia de un problema que exige un tratamiento independiente: los términos Antiguo y Nuevo Testamento pueden conducir y han conducido a menudo a los cristianos en general, y a sus iglesias en ciertos casos, al error de considerar la Revelación entregada al pueblo hebreo–plasmada en los escritos veterotestamentarios–como “superada” por el mensaje crístico, de modo tal que se interpretaría el Antiguo Testamento como algo viejo y quizás obsoleto. Dentro del Cristianismo, los términos Antiguo y Nuevo deben interpretarse exclusivamente en sentido histórico, equivalentes a Primer y Segundo Testamento.

El fundamento de esta idea se encuentra en los Evangelios, cuando el judío Jesús de Nazareth, observador de todos los preceptos del Judaísmo, asistente a todas sus fiestas, afirma: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar sino para cumplir; porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasarán de la ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos” (Mateo, 5, 17-19). Esto conduce también a reflexionar cuánto distan las concepciones tradicionales y actuales de las iglesias cristianas de muchas enseñanzas de Jesús, tema que, como otros aquí apuntados, exigiría un tratamiento más extenso.

La noción de cuerpo místico de Cristo expresa entonces la relación esencial entre Jesús como el Cristo -la cabeza -y la Iglesia como unidad -los miembros de dicho cuerpo. Es en este sentido en el que la Iglesia Católica fundamenta su idea sobre la incapacidad de pecar por parte de la Iglesia.
Pero este sentido es inseparable de los otros dos: institución y asamblea de fieles. Las iglesias cristianas, como instituciones, ejercen varias funciones, entre las cuales se cuentan, además de la dirección y coordinación del porno general, la pastoral y la diaconía, y en el caso de la Iglesia Católica, un magisterio que orienta y controla la interpretación de las Escrituras Bíblicas y las doctrinas teológicas, morales y cosmovisivas en general. En el caso del Protestantismo histórico(2), por ejemplo, dicha función se reduce al mínimo a partir de la libertad de interpretación de la Biblia, por lo cual la función de la Iglesia es preferentemente orientativa, sin existir obligación de seguir un punto de vista determinado. En el conjunto de iglesias evangélicas o protestantes existen concepciones más reciente, algunas de carácter fundamentalista, que como tales, exigen a sus fieles la admisión al pie de la letra del contenido de las Escrituras.

Al afirmar que la Iglesia como cuerpo místico de Cristo no puede pecar y pedir perdón por lo tanto en nombre de sus miembros, se obvia la dimensión institucional de la Iglesia, o más bien se funde con su carácter de cuerpo místico. Esto queda refrendado por el carácter conferido a la figura del Papa dentro de la Iglesia Católica, Vicario directo de Cristo, y desde el siglo XIX, definido como infalible cuando habla ex-catedra, es decir, doctrinalmente como depositario de la autoridad entregada por Cristo.

Desde estas premisas, puede comprenderse que una petición de perdón que admitiera la culpabilidad institucional de la Iglesia traería serios inconvenientes doctrinales, entre los cuales se destacarían la admisión de errores por parte de algunos Papas y Concilios. Mientras que la Iglesia Católica conserve la estructura y poderes actuales y las consiguientes fundamentaciones teológicas de éstos, muy difícilmente podría realizar una plena petición de perdón. Es de resaltar también la declaración del Cardenal Ratzinger, quien como es sabido, dirige la Congregación para la Doctrina de la Fe, forma actual de lo que otrora fuera el Santo Oficio o la Inquisición, cuando quiso justificar los siglos transcurridos antes de que la Iglesia Católica formulara su primera petición de perdón. El Cardenal Ratzinger achacó tal demora histórica a la necesidad de la Iglesia de defenderse de los ataques de la historiografía protestante. Si por tales ataques se entiende la denuncia de las condenas, calumnias y persecuciones sufridas en diversos países por parte de la Iglesia Católica, mucho es de temer que el Cardenal Ratzinger no comprenda muy bien la necesidad de pedir perdón.

Es indudable que la violencia engendra violencia, física, política o ideológica y que el resultado deviene una guerra entre todas las partes involucradas donde todos terminan siendo víctimas y victimarios. Pero no parece un buen camino hacia la reconciliación total adjuntar una acusación -a modo de disculpa de los propios errores -a una petición de perdón. Debe recordarse además que el último Catecismo de la Iglesia Católica ha prohibido la comunidad Eucarística entre la Iglesia Católica y las confesiones protestantes que comparten con ella lo esencial de la doctrina sobre la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados, aunque existan otros aspectos diferentes. ¿La razón? Que los pastores protestantes no son considerados verdaderos sacerdotes por la Iglesia Católica al no haber sido ordenados por su jerarquía (cabría preguntarse a cuántos sacerdotes ordenó el judío Jesús de Nazareth), y por consiguiente sus funciones sacerdotales no son reconocidas por la Iglesia Católica. Es bueno además recordar que la excomunión lanzada contra Martin Luther no ha sido levantada por el Papa, a pesar de las peticiones que al respecto han dirigido diversos dignatarios de las Iglesias Protestantes, y que las doctrinas ecuménicas expresadas por teólogos católicos muy avanzados como Anthony de Mello o Hans Küng han sido severamente criticadas, y en ocasiones diversas sanciones han acompañado a las críticas.

Entre la gran cantidad de objeciones, preguntas y argumentos que la acción papal ha generado, ha llegado a formularse una en ciertos medios: ¿por qué los judíos no corresponden a la petición papal de perdón con una acción similar con respecto a la muerte de Jesús?

La pregunta misma revela cuán hondo han calado en las mentes de muchos cristianos -no sólo católicos- las condenas y difamaciones contra los judíos. Quien así pregunta, continúa convencido de que el pueblo judío fue y es deicida y por lo tanto, su deber moral es pedir perdón. Puestos a examinar lo que conocemos acerca de la muerte de Jesús -cuya certidumbre histórica continúa siendo objeto de investigaciones de todo tipo, desde las investigaciones de R. Bulltmann -, encontramos que, si bien la solicitud de la pena de muerte partió de parte de la alta jerarquía religiosa judía, su aprobación y aplicación, provino del gobernador romano, Poncio Pilatos según los Evangelios. ¿Habrá que reclamar entonces por parte del gobierno italiano una petición de perdón similar por haber dictado y ejecutado la muerte de Jesús a través de uno de sus antiguos representantes en las colonias?

Parece una broma o un video porno gratis, pero no lo es. Cuantos estuvieron involucrados en la muerte de Jesús, tal y como la describen los Evangelios, representaban sectores importantes de la sociedad de entonces. Se presentan entonces tres opciones: se considera individual su responsabilidad en dicha muerte; se interpreta de modo alegórico como la participación de toda la humanidad en ella; se acusa de deicidas a todos, sin excepción. La petición papal reconoce de forma implícita el error cometido con la acusación de deicidio lanzada contra los judíos. Pero sería bueno que algún día reconociera que la acusación se lanzó sólo contra ellos, que el error se cometió sólo con ellos.

Resulta inevitable que, cuando se lleva a cabo una acción tan trascendental como indudablemente ha sido la petición de perdón por parte de Juan Pablo II, y pese a sus aspectos positivos, salgan a relucir nuevamente las antiguas discusiones y cuanto se ha ido acumulando a lo largo de siglos en todos los participantes y/o afectados por tan deplorables hechos. Y es bueno que salgan. Sólo abriendo las puertas de par en par pueden escapar por ellas todos los sentimientos oscuros y ser sustituídos por la luz.

Pese a las recientes declaraciones del Cardenal Ratzinger contra teólogos propulsores del ecumenismo interreligioso y sus afirmaciones de tono preconciliar sobre la Iglesia Católica como único camino de Salvación (nos referimos al diálogo entre religiones impulsado por el Concilio Vaticano II), es de esperar que llegue el día, ojalá no muy lejano, en el que ofensores y ofendidos -categoría casi siempre intercambiable, pues nadie está exento de alguna responsabilidad en los conflictos- se decidan a dialogar abierta y francamente sobre todo aquello que los ha dividido y enfrentado. El objetivo final será que, tras olvidar quiénes, cuándo y por qué muchos desempeñaron alternativamente el papel de ofensores y el de ofendidos, pueda empezarse a trabajar en función del progreso espiritual humano, de los derechos del hombre. Sólo entonces podrá maniestarse una radical disposición a cambiar y a perdonar plenamente. Que así sea.